miércoles, 31 de diciembre de 2014

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Los propósitos del Año Nuevo

Por Carlos T.
Pocas fechas hay en el año donde encontremos tantas diferencias entre un día y el siguiente como el 31 de diciembre y el 1 de enero. En cuestión de horas pasamos del atracón gastronómico, etílico y tabaquero acompañados de uvas y programas de variedades, al régimen absoluto de fruta, verdura y los aconsejables tres litros de agua diarios mientras nos mentalizamos viendo los saltos de esquí y escuchando la marcha Radetzky analizamos la disyuntiva entre chicles o parches de nicotina.

Clases de inglés, alemán y chino mandarín; centros de yoga, pilates, body pump, zumba y cardio box; fascículos de submarinos, fragatas, perfumes en miniatura o coches a piezas; descarga de aplicaciones para el móvil de gestión de gastos, control de peso o contadores de días sin fumar; dietas depurativas, Dukan, macrobióticas, Atkins, o de la alcachofa... Durante un par de semanas, nuestros remordimientos de conciencia nos torturan sin piedad en forma de consejos publicitarios y propósitos saludables.

Afortunadamente los españoles, o por lo menos la mayoría, tenemos buena salida pero a mitad de carrera nos apagamos. No somos de grandes distancias ni vemos la luz al final del túnel. Mientras haya cuero en el cinturón y la playa de Semana Santa quede lejos no hay necesidad de perder peso; mientras el lenguaje de signos nos lleve al hotel de Londres, o nos sigamos encontrando con españoles de Erasmus por Berlín no hay porqué ampliar los conocimientos de inglés o alemán. Y mientras nos mantengamos alejados de los análisis médicos, medio paquete de tabaco al día tampoco puede ser tan perjudicial, salvo para la cartera.

Y así llegaremos a mediados de noviembre, donde a esas alturas ya no será momento de hacer planes. Mejor esperar al 22 de diciembre, donde entre calada y calada de Marlboro y gintonic y ron con cola podremos decir con orgullo eso de ¡lo importante es que haya salud!

miércoles, 24 de diciembre de 2014

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El robo de la Navidad

Por Llorente
Es frecuente en las películas y series de televisión anglosajonas el tema del robo de la Navidad, consistente en que algún malvado trata de impedir el reparto de regalos mediante el secuestro de Papá Noel o alguna artimaña similar, hasta que el héroe de turno consigue que los juguetes y presentes lleguen a todos los hogares. Es lo que llaman “salvar la Navidad”, dejando entrever una concepción bastante materialista de la celebración del 25 de diciembre.

Dejando la ficción y bajando a la realidad, me pregunto si no nos están robando poco a poco y casi sin enterarnos una festividad que, nos guste o no, es religiosa y lleva implícito un alto grado de tradición.

Muchas empresas e instituciones evitan intencionadamente que en las tarjetas de felicitación navideñas enviadas a clientes y proveedores aparezcan motivos religiosos, lo cual, además de una contradicción absurda, es una marginación de una de las escenas más hermosas de la iconografía cristiana, la del Nacimiento, que, al menos de momento, resiste en los décimos de la lotería. Los empleados, en vez de recibir un aguinaldo que puedan disfrutar con su familia, son invitados a cenas que ni les apetecen ni suelen deparar nada bueno. Las ciudades se decoran con elementos neutros como insulsas bolas de adorno, ramas de acebo o simples luces amorfas. Los colegios recurren para las actuaciones infantiles a canciones de Bustamante o de Luis Miguel obviando los tradicionales villancicos. Y los Reyes Magos sólo parecen resistir por el interés de las firmas comerciales en mantener una fecha más de consumo masivo.

Todo esto, entre otras cosas, refleja que el período de tiempo que va del 24 de diciembre al 6 de enero se está transformando para muchos en algo distinto de lo que vivieron de niños. Los cambios son inevitables, pero esto, más que una evolución, se asemeja a un robo en el que para disimular la falta del original se ha colocado una mala imitación. Algunos se alegran del hurto, otros sólo se lamentan mientras ultiman sus compras el 24 por la mañana y, por supuesto, hay quienes disfrutan de estas fechas sin importarles lo que hagan o digan los demás.

En cualquier caso, permítannos que, desde aquí, junto a la esperanza de un venturoso 2015, en vez de felicitarles unas confusas e imprecisas fiestas les deseemos una Feliz Navidad.

jueves, 18 de diciembre de 2014

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La cena de Navidad de la empresa

Ni puenting, ni descenso de barrancos ni salir a torear una vaquilla en la capea de un amigo. Si hay un momento en el que andar con pies de plomo y mantener el tipo, ese es el de la entrañable, y peligrosa a la vez, cena de empresa de Navidad.

La comida o cena navideña laboral saca a la luz en pocas horas todo lo que llevamos acumulado desde el comienzo del año. Motes malintencionados e hirientes, cuchicheos sobre supuestas relaciones entre empleados, críticas negativas hacia la propia compañía por parte de mandos intermedios que no entienden cómo no llevan ellos el timón del negocio, quejas sobre los horarios de entrada del resto de compañeros quienes, por supuesto, trabajan la mitad y cobran el doble, etc.

Este caldo de cultivo se va acumulando durante el año y, tras una calma tensa, suele explotar en el momento en el que los camareros sirven la tercera copa de vino. Los más celestinos comentan en petit comité las miraditas entre el director financiero y la responsable de recursos humanos. El grupo de empleados veteranos pone a caer de un burro a excompañeros indefensos y critican de modo socarrón procedimientos que ha puesto en marcha un director que se encuentra a bastante mantel de distancia, pero no tanto como ellos creen. Los que no tienen recursos propios muestran su catálogo de gracietas recibidas por Whatsapp sin preocuparse por ideologías ni tendencias del resto de comensales. Y en un rincón, el compañero que se incorporó en octubre mira contínuamente su teléfono móvil en busca de esa llamada amiga que le permita ausentarse unos minutos de su soledad en compañía.

Una vez despellejados los ausentes, con las frascas de crema de orujo en su mínimo histórico y fumando dentro del local como acto de rebeldía, es el momento de elegir la siguiente parada. Los más sensatos se baten en digna retirada, los moderados se apuntan a una copa rápida al lado de la oficina en la seguridad del terreno conocido, los inclasificables apuestan por un karaoke y los más impresentables alardean sin ningún rubor sobre un bar a las afueras, regentado por unas calurosas jóvenes de Europa del Este.

Al día siguiente, entre Gelocatiles y viajes a la fuente de agua, muchos tendrán en mente que para alguno la de anoche fue posiblemente su última cena de Navidad en la empresa. Por suerte para ellos, muchos son los llamados y pocos los elegidos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

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No vine aquí a hacer amigos

Todos hemos tenido alguna vez que sufrir a ese compañero de trabajo que actúa como si entre sus obligaciones estuviesen amargar el día a los demás y esconder cualquier atisbo de amabilidad. En ocasiones, este tipo de sujetos justifica su actitud sentenciando contundentemente: “no estoy aquí para hacer amigos”.

Reflexionando acerca de tal aserción, no puedo más que concluir que se trata de una soberana estupidez. Al fin y al cabo, ¿a qué sitios va uno exclusivamente a hacer amigos, cuando estos van surgiendo por la vida en las circunstancias más insospechadas? Si haciendo un ejercicio de imaginación, borramos de nuestras vidas a los amigos que nos hemos ido encontrando en los distintos trabajos por los que hemos pasado, veremos que el vacío que dejan es inmenso. Aún más: si eliminamos todas las amistades surgidas en lugares en los que no las buscábamos, veremos que nos quedamos más solos que la una, porque prácticamente a ningún sitio acudimos con esa finalidad. No vamos al colegio ni a la facultad a conocer gente, sino a estudiar. A la mili, los que fuimos, por obligación. A nuestra casa, a residir, no a tener vecinos. Y así con casi todo. De hecho, tampoco la gente suele encontrar a su pareja en circunstancias a las que ha acudido expresamente a buscarla, con la excepción de caravanas de mujeres o empresas de contactos que se dedican a ello. 

Supongo que si a estas personas se les ofrece una oferta millonaria en horario laboral, renunciarán a ella alegando que no han ido allí para hacerse ricos. O cuando en cualquier evento conozcan a la posible mujer de su vida, renunciarán a ella, puesto que no han ido allí a buscar pareja.

Aconsejo al lector, si lo hubiera, que en caso de toparse con uno de estos amargados antisociales, imprima este texto en una cartulina, la enrolle alrededor del palo de la escoba y le sacuda con él en la cabeza al individuo en cuestión.
Llorente

jueves, 4 de diciembre de 2014

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Cuerpos a la carta

Malo es no aceptar la edad y querer entrar en la sextena a base de liftings, borrados de papada, marcado de pómulos o turgencias de senos, pero cuando estas operaciones se convierten en regalos para los adolescentes, la situación comienza  a ser grave.

Seamos francos: vivimos en un mundo donde la imagen es muy importante, y lo de ir rechazando cánones de belleza apostando por el intelecto es muy loable aunque, de momento, no vaya a llegar a buen puerto. Solucionar un problema de celulitis o un exceso o defecto de pecho de un modo rápido, efectivo y seguro, sin duda es un avance y, como tal, es positivo.

Pero una cosa es emplear estas técnicas en adultos y otra muy distinta es que niñas de dieciséis años pidan como regalo de reyes un aumento de senos o una liposucción sin haber pasado siquiera por el esfuerzo de una dieta prolongada combinada con un poco de ejercicio. Y peor aun, que el deseo de la chavala sea satisfecho por sus padres, menospreciando los riesgos de una anestesia y una intervención quirúrgica.
 
Operar las orejas de una niña y que al día siguiente pueda callar muchas bocas en el colegio y lucir una trenza es algo positivo. Pero que adolescentes quieran cuerpos de 25 y acaben pareciendo chicas de club de carretera, o que señoras de sesenta, también en búsqueda de la eterna juventud, acaben con labios como los del pato Lucas no es bueno.

Cada vez es más habitual en las consultas de los cirujanos plásticos eso de Doctor, tengo 300 euros. ¿Qué me puede hacer con eso? Ahí ya no hablamos de un trauma, de una necesidad o de sentirse mejor físicamente. Hablamos de un problema de no aceptación de nuestro cuerpo, por lo que estos profesionales, si lo son, deberían derivar a sus pacientes a otro tipo de especialistas en lugar de ser cómplices de nuestras inseguridades.

jueves, 27 de noviembre de 2014

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¿Será creíble tanto increíble?

Hay palabras y expresiones que actúan como el chapapote en las costas: se extienden imparablemente y cuando llegan es para quedarse pegadas de forma empalagosa.

Memeces como decir “te lo compro” para aceptar un argumento del contrario o usar “demagogo” como recurso para desprestigiar al que recurre al comentario fácil son ya lugares comunes entre esos tertulianos omnipresentes que podemos ver a cualquier hora del día, en diferentes programas y en casi todos los canales de televisión.

Pero si tuviésemos que apostar por un término que va a aparecer en cualquier entrevista, noticia o presentación, ese es “increíble”. Hoy todo es increíble. El desbordamiento de un río es increíble; un buen concierto es increíble; el dinero pagado por un artículo en una subasta es increíble; la trayectoria profesional de un gran talento ya no es brillante, es increíble. Parece que el escepticismo hubiese triunfado como doctrina filosófica, manual de vida y guía espiritual de los hispanoparlantes.


Hace poco pude ver cómo el mensaje del futbolista inglés Wayne Rooney, que literalmente escribió “it was great to win today”, era traducido como “fue increíble ganar hoy”. No, no es que su equipo jugase tan mal que ni él mismo diese crédito al resultado con victoria final por 1-0; se refería a que fue fantástico, maravilloso, bonito, precioso, grandioso, genial y formidable haber ganado el partido en el que celebraba sus cien internacionalidades con su selección. Es sólo un ejemplo más del uso indiscriminado y machacante de la palabrita de marras, que incluso parece estar superando al empleo de “histórico”, que nos hace pensar que vivimos en la época más histórica de la Historia, o al de “fascista”, el preferido de los políticos para insultarse entre ellos sin importar si el destinatario es miembro de la extrema izquierda o un rico capitalista.


Yo, personalmente, no soy tan crédulo como para creer que viva rodeado de tanto increíble. Observando con detenimiento a mis coetáneos, no veo tanto histórico, ni tanto fascista, ni tanto increíble.
Llorente

jueves, 20 de noviembre de 2014

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La marca azul del whatsapp

Visto el revuelo montado a raíz de la supuesta falta de intimidad por el nuevo icono del Whatsapp que permite a los demás saber si hemos leído su mensaje, cabe preguntarse si se nos está yendo de las manos el asunto de la privacidad. ¿Tan importante es ocultar que hemos visto o leído un mensaje?

Whatsapp se ha tenido que poner las pilas ante la avalancha de críticas y ha preparado una actualización para que este supuesto intrusismo llegue a su fin, que es como pedirle a Iberdrola que invente algo para que no se vea la luz cuando entremos en casa, o que los coches lleven todas las lunas tintadas, no sea que algún peatón nos reconozca. Si tanto valoramos vivir en ese mundo de misterio, enigmas e interrogantes es que algo falla en nuestra asertividad o en la legalidad de nuestros actos.

Buscamos continuamente nuevos medios de intercomunicación y demandamos inmediatez en los mismos, pero cuando los tenemos ¿qué pasa? Exigimos indignados a Whatsapp privacidad para que nadie sepa si hemos leído un mensaje o a qué hora nos hemos conectado por última vez, y al mismo tiempo subimos una foto de perfil donde nuestra pose, vestuario y gestos nos ubican en ocasiones en el primer peldaño de la escala evolutiva. Si en algunas fotos de perfil ya nos planteamos la catadura de de determinados personajes, estos suelen adjuntar en su estado una frase metafísica, en ocasiones en un inglés mal redactado, que despeja cualquier duda.

La marca azul sirve para lo principal: el mensaje ha llegado y ha sido leído. La útima hora de conexión sirve para lo principal: hace x minutos la persona estaba viva. Esta información, sobre todo la segunda, multiplica las posibilidades de ser respondidos. Seamos más benevolentes con la herramienta creada por  Jan Koum. Aunque solo sea por esos momentos en los que nos permite felicitar un cumpleaños obligado a alguien con quien no tenemos ningún interés en hablar.

jueves, 13 de noviembre de 2014

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El melómano hostigado

Si no fuese porque sería terrible vivir sin música, hace tiempo que las industrias del sector hubiesen acabado con ella. Antes incluso de que el contrabando contase con el formidable recurso de Internet. Porque resulta difícil encontrar un cliente tan maltratado por los prestatarios de los servicios que paga como el aficionado a la música.
Por si no fuese bastante con el mareo de los cambios de formato, las discográficas decidieron incluir bonus tracks en algunos de ellos pensando, no sé muy bien por qué, que el comprador de un CD tenía derecho a más canciones que el de un vinilo. Años después, cuando el vinilo estaba defenestrado, resulta que era a este último al que se le regalaban un par de temillas que aquel, piensan, no tiene por qué disfrutar. Y cuando parecía que la cosa no podía complicarse más, aparecen discos en exclusiva en ¡iTunes! Despiadado. Retorcido y despiadado.

Tampoco el espectador de la música en vivo está libre de la persecución. No hace muchos años, sacar una cámara fotográfica en un concierto (si no te la habían quitado en el cacheo de la puerta) era más osado que sacar un Colt 45 en un acto del Rey. Lo menos que te podía pasar era que un gorila te rompiese la muñeca al arrebatártela. La proliferación de móviles con cámara convirtió esa prohibición en inaplicable y ¡oh, milagro! resulta que no pasa absolutamente nada, y hasta los artistas comparten las fotos que sus fans les hacen durante sus actuaciones en las redes sociales. ¿A qué venía, entonces, esa manía? A las meras ganas de maltratar al aficionado.

Pero ese pequeño logro del melómano no podía quedar sin respuesta por parte de las promotoras: subida brutal de los precios de las entradas, que cuando ya parecían haber tocado techo han visto aparecer unos eurillos más de “gastos de gestión” que son como la chicuela del mus,  y sustitución de la bonita entrada que uno podía guardar como recuerdo por un tique que parece el de la compra del Carrefour.

Y me falta mencionar el abuso de la industria discográfica hacia el artista, que es el currante que da vida a todo esto. Por no alargarme más, lo resumiré con la respuesta del músico José Ignacio Lapido cuando le preguntaron qué recomendaría a un joven que inicia su carrera musical: lo primero de todo, antes incluso que aprender a tocar un instrumento, que se busque un buen abogado.

Llorente

jueves, 6 de noviembre de 2014

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Usado siempre por chica

En el mundo de la venta de segunda mano se emplean todo tipo de estrategias. Una muy habitual a la hora de intentar vender un vehículo es la famosa frase de Usado por chica, lo cual parece ser sinómino de garantía y de buen estado.

¿Qué beneficios se supone que tiene un vehículo que haya sido conducido por una mujer? ¿Por qué parece que el coche va a estar mejor que si pusiese usado siempre por mecánico? Si es de mujer nos da confianza, si es de un fulano de un taller creemos que se va a caer a trozos. Ya puestos a entrar en estos tópicos, ¿no es el hombre quien generalmente cuida del coche?

Si eso es un argumento de venta, hay que intrepretar que los hombres somos unos quemados y cuando vendemos un automóvil es porque tras una vida miserable de derrapes, trompos, kunda habitual de los poblados gitanos, tirones de bolsos y carreras por el carril contrario en la carretera de La Coruña,  ha llegado el momento de darle finiquito antes de que parta en dos. O que las mujeres son unas expertas en el uso y disfrute de los motores de combustión interna, con un preciso dominio de la admisión, compresión, expansión y escape, de los árboles de levas, taqués y tapas de balancines y que los cambios de aceite no los hacen con un vulgar Castrol, Esso o Mobil, sino que emplean oliva virgen extra aromatizado con trufa negra condimentado con albahaca.

Si lo que se pretende es publicitar que el coche está muy cuidado, que vean a mi vecina cuando en los despiadados amaneceres del invierno madrileño, a dos grados bajo cero, arranca el coche y le saluda con cuatro acelerones de seis mil revoluciones cada uno mientras este se retuerce y aprieta los dientes, porque según ella "así ya sale en caliente y no da tirones".

Ni hombres ni mujeres. Hay personas cuidadas y descuidadas, independientemente de su sexo y de los años de carné. Lo que es seguro es que en el coche de mi vecina, en poco tiempo veremos en sus ventanillas eso tan emocional y socorrido de me venden, acompañado de usado siempre por chica.
Carlos T.

jueves, 30 de octubre de 2014

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Esto es Halloween

El encargao ha recibido una inspección de trabajo y se ha visto obligado a contratar a otro mancebo, por lo que, además de Carlos T, ahora Llorente también llevará bata azul para, de modo habitual, intentar sacar adelante este blog que tantos ingresos B y tarjetas opacas genera. Bienvenido, Llorente.
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Si no era suficientemente duro el final del mes de octubre, el ritual del cambio de hora y el incipiente asomo de los adornos navideños en los centros comerciales, por sí solos ya temibles, han venido a reforzarse con esa catástrofe cultural que conocemos con el nombre de Halloween.

En el caso de esta fiesta de monstruitos y golosinas, creo que no hemos reflexionado aún con la suficiente pausa sobre el alcance de perder el verdadero significado del Día de Todos los Santos, porque el gusto por la novedad y por todo lo que suponga romper con la tradición tiene la cualidad, en ocasiones virtuosa, en otras perniciosa, de hacernos olvidar lo que dejamos atrás.

Sin ánimo de aguarle la fiesta a nadie, quizás sería bueno que un niño supiera que esa celebración que él aprovecha para pedir caramelos con un disfraz que simula que se le están saliendo los sesos por un lado de la cabeza, realmente debería servir para recordar, por ejemplo, a unos abuelos a los que no hace tanto tiempo que ha perdido.  Resulta sorprendente observar cómo la concepción de los difuntos ha pasado, en el corto tránsito entre tres generaciones, del recuerdo entrañable y recogido de los ausentes a la ridícula jarana de zombies y dráculas.

Tanto, que un niño de ahora no reconoce en el calendario otra cosa que no sea Halloween en la víspera del 1 de noviembre. No en vano lo lleva celebrando desde la guardería, tanto o más que la Navidad o el Día de la Madre. Pero no todo estará perdido si, mientras recuenta los caramelos que ha recogido por ahí y le limpiamos la sangre de pega de la cara, le explicamos que el motivo de que al día siguiente no tenga colegio no es Frankenstein, ni el Hombre Lobo ni la Bruja Piruja.

Así, nos quedará la esperanza de que los últimos días de todos los futuros meses de octubre seguirán contando con los cambios de hora, los precoces productos navideños, la noche de Halloween y los artículos escritos para criticarla.
Llorente.

jueves, 16 de octubre de 2014

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Escudarse en el ingenio

Un aspecto muy marcado de nuestra idiosincrasia es el de recurrir al chascarrillo y al humor como válvula de escape ante situaciones negativas. Es un mecanismo de defensa como otro cualquiera, pero ¿puede acabar por hundirnos ese exceso de talento?

De toda la vida el español ha recurrido al ingenio para soportar con humor determinadas situaciones que en absoluto son divertidas. No hay más que ver cómo se mueven las redes sociales y se crean divertidos hashtags cada vez que ocurre algo que consideramos reprobable, como la caza de elefantes por parte del Rey, la permisividad del gobierno respecto a la consulta de los independentistas catalanes, las estafas de Urdangarín o el uso fraudulento de las tarjetas de crédito de CajaMadrid.

Básicamente, mientras en situaciones similares en otros países aumenta el nivel de las transaminasas y las bilis comienzan a hacer chup chup, aquí tiramos de chispa y chascarrillo para relajar tensiones y evitar llegar a lo que veces haría falta: pedir explicaciones y tomar las riendas de la situación. Y eso lo sabe cualquier personaje público. Si roba y es cazado, será pasto de twitter, donde durante un par de días incluso será trending topic, y una vez hayamos realizado nuestra pataleta particular y nos hayamos echado unas risas con las ingeniosas bromas sobre el mangante, este podrá seguir sus fechorías bajo el amparo de que ya se nos ha pasado la rabieta.

Algunos psicólogos y terapeutas comentan que los españoles somos muy difíciles de analizar y ayudar, porque en cuanto vemos que se profundiza en nosotros y comienza a salir lo sensible, rápidamente tiramos de ingenio ibérico y salimos de esa incómoda situación con la gracieta que nos libere de la presión, lo que hace imposible enfrentarnos a nosotros mismos. No sea que descubramos algo que no nos guste y nos corte el rollo.

Y es que eso de los chascarrillos, las bromitas y demás chirigotas está muy bien como terapia para no sulfurarse, pero habría que ver dónde hubiesen acabado los franceses (y por extensión muchos otros países) si en 1.789 se hubiesen tomado la situación a broma para relajar tensiones en lugar de sacar a pasear la cuchilla de afeitar y aplicar sus expeditivos recortes.

jueves, 2 de octubre de 2014

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Futbolistas fashion week

El mundo del fútbol hace lustros que entró en una espiral de locura absoluta, pero esto de que ahora cada temporada los equipos tengan cuatro juegos de camisetas, de colores tan dispares como el rojo, el negro, el rosa o el naranja, no ha hecho más que darle otra vuelta de tuerca a un mundo donde lo deportivo ha quedado relegado a un segundo o tercer plano.

Real Madrid, el equipo blanco o los merengues. Barcelona, los blaugranas. Atléticos, los rojiblancos o colchoneros. Español, blanquiazules. Los equipos recibían su apodo por sus colores de toda la vida, y en el campo era muy fácil distinguirlos. Sólo se usaba un segundo uniforme cuando ambas equipaciones podían confundirse en el terreno de juego, como en un partido entre el Sevilla y el Sporting de Gijón, por ejemplo. Básicamente era el estandarte del equipo, su enseña.

Un clásico de toda la vida como es el Madrid-Barcelona, ha pasado de ser una batalla épica entre el equipo blanco y los blaugranas, a encontrar algo más propio de las carrozas del Orgullo Gay, con unos jugadores vestidos de camiseta rosa, otros de naranja, y donde el jugador que lleve las dos botas del mismo color es el que llama la atención.Si para colmo, el calzado es negro, claramente es un provocador por permitir tanta sobriedad.

Obviamente, todo se basa en acciones comerciales y en vender camisetas, pero vamos a mantener un mínimo respeto por los colores. Ya es suficiente con llenar el uniforme de marcas de leche o de líneas áereas. Que lo que era el equipo merengue ahora está mucho más cerca de un cupcake y los colcohoneros acabarán llamándose futoneros de líneas orientales.

jueves, 18 de septiembre de 2014

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Ciclistas por la ciudad

Ya llevamos unos cuantos años compartiendo asfalto entre coches y bicicletas. Los conductores se van haciendo a la idea, pero ¿están los ciclistas preparados para respetar a los demás?

Los ciclistas urbanos en una gran ciudad son un peligro constante. La principal razón es que creen que su papel de indefensión les otorga bula papal para circular por donde les venga en gana y disfrutar de una doble condición de peatones y vehículos, en función de sus intereses.

En ciudades como Madrid, donde cada vez se están creando más carriles bici, es raro verles circular por ellos, prefiriendo ser arrollados por el espejo de un autobús, golpeados por un mal gesto de una moto, o aprender a volar en un curso acelerado ofrecido por un cliente de un taxi que abre la puerta en el momento menos adecuado.

Los semáforos no van con ellos. Si la luz está en rojo, aminoran la marcha, y continúan. Si en el peor de los casos se viesen obligados a detenerse, realizan un rápido cambio de rumbo y pasan a circular por los pasos de cebra o por las aceras, sorteando viandantes. Todo es poco para los ciclistas urbanos. Ellos aportan progresía y ecologismo a la ciudad, por lo que debemos rendirles pleitesía y aplaudir a su paso.

Algunos de estos intrépidos pilotos no parecen entender que la calle Velázquez o la calle Serrano no son las carreteras comarcales de Nerja de principios de los años ochenta que veíamos en Verano Azul. Por el bien común, especialmente el suyo, y el de sus seres queridos, no pueden permitirse ir a ocho km/h, hablando por el móvil o con los auriculares puestos mientras sus enemigos naturales les enseñan de cerca el camino a la casa de socorro.

La convivencia entre la regulada agresividad de los automóviles con la tranquilidad y silenciosa anarquía de los ciclistas urbanos va a ser complicada mientras estos últimos no pongan también de su parte. Esto no es Berlín, Copenhage o Amsterdam. Aunque solo sea por aprecio a su vida, la gente que se mueve en bici debería ser más prudente en sus desplazamientos. Que el Ángel de la Guarda comienza a tener los gemelos demasiado cargados.

jueves, 4 de septiembre de 2014

4

Bajar a comprar al chino

Las tiendas de conveniencia de los chinos se abren paso con un modelo de negocio sobre el que el Ministerio de Sanidad y Consumo podría tomar buena nota. En la mayoría de los casos se permiten determinadas licencias por las que un negocio nacional sería rápidamente clausurado.

La oscuridad: salvo para tratar de esconder la suciedad, no es de recibo que estos locales funcionen en penumbra, con un fluorescente parpadeante a causa de un cebador a punto de sucumbir.
El calor: los congeladores se mantienen en el mínimo y el resto de los productos se nutren del calor que mueve un ventilador. La cadena del frío es un término desconocido por completo y comprar una botella de leche o media docena de huevos es toda una invitación a protagonizar las esquelas del próximo domingo.
Los escaparates: Muy en la filosofía china basada en el enigma y el misterio, desde fuera es imposible ver qué se esconde tras sus cristales. Para ello, lejos de invertir en persianas o estores, su solución es pegar cartones de cajas de chucherías o futos secos, permitiendo que estos se decoloren por el sol, aportando una pátina de cutrez añadida.
La falta de escrúpulos: no tienen ningún reparo en vender alcohol, cigarrillos sueltos o papel de liar a menores, siempre y cuando estos lleven una mochila o algún doble fondo donde esconder la mercancía.
La desconfianza: para estos mercaderes orientales, todo el que entra en su establecimiento, lejos de ser un cliente, es un delincuente en potencia. Cuando no están mirando una película en mandarín o cantonés, su pasatiempo favorito consiste en seguir nuestro reflejo en los espejos que tienen ubicados a lo largo y ancho del negocio, buscando y deseando nuestro intento de delito.

Cierto es que en más de una ocasión nos salvan de un apuro, pero la conveniencia y disposición de estos establecimientos no debe ser patente de corso que permita bordear la línea de la salubridad y el respeto al cliente.

jueves, 10 de julio de 2014

6

Vacaciones de verano

Después de más de dos años sin faltar un solo jueves (o miércoles cuando el día siguiente era festivo) al trabajo, el encargao ha decidido que ha llegado el momento de tomarse unas vacaciones y cerrar el chiringuito hasta el próximo jueves cuatro de septiembre. Así que aprovechamos para coger la toalla robada del hotel Solymar, el bote azul de Nivea, el traje de baño fardahuevos, la camiseta sin mangas de Benidorm ´87, los prismáticos para curiosear a las chavalas, el transistor Sanyo y, merecidamente o no, descansar una buena temporada.

Hasta ahora han sido 116 publicaciones, 659 comentarios y más de 43.000 visitas. Muchas gracias a todos los que habéis seguido el blog hasta hoy y, aunque estas vacaciones harán que muchos de los lectores se queden por el camino y los perdamos debido al parón estival, confío en que otros muchos permanezcan y sean fieles a la cita de septiembre, donde pondremos sobre el blog nuevas reflexiones sobre nuestras vivencias y costumbres.

¡¡Feliz verano, amigos!!

jueves, 3 de julio de 2014

1

Usnavy de todos los santos

Si hay nombres curiosos, esos son los de los habitantes de determinados países de América del Sur. Lo de "aquí vale todo" cobra su máximo esplendor en la imaginación y el delirio de algunos padres, que habría que ver hasta qué punto son justos merecedores de ese título.

Hace ya tiempo, en la entrada donde dije digo, digo Kevin, ya vimos las excentricidades en los nombres que algunos españoles ponemos a nuestros hijos, pero los Brais, Jessicas, Lluvias y Edgards quedan totalmente eclipsados ante algunas joyas de Hispanoamérica.

Cubanas que llamaron a su retoño Usnavy como homenaje a aquella tórrida relación con un marine de Cleveland previa a la llegada de Castro al poder; Usmail por aquellos matasellos en las románticas cartas que iban de norte a sur del continente; colombianas aficionadas al mundo presidencial norteamericano entregadas a nombres para sus pequeños como Jefferson, Washington, Lincoln y demás; fanáticas de las serie Dinastía que encontraron el paraíso onomástico en Asfalón  por aquello de los créditos iniciales donde se leía "Pamela Sue Martin as Fallon Carrington Colby", y tantos otros delirios.

En este artículo de la BBC, muy recomendable, se citan muchos más ejemplos, como Dansisy (por Dance easy), Dayesi ("sí" en ruso, inglés y español) u Odlainer (Reinaldo al revés). Todo un muestrario de despropósitos al que ya en 2007 se planteó poner límite en Venezuela y reducirlo a una lista de cien nombres, bajo un motivo totalmente lógico: frenar la desbocada creatividad que muchos padres evidencian a la hora de escoger y registrar el nombre de sus hijos. 

Como todo, en el punto medio está la virtud. Ni el santo del día, fuese cual fuese, o los reyes godos, pero tampoco estos derroches de imaginación. Ni calvo ni tres pelucas.

jueves, 26 de junio de 2014

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Invitaciones a bodas

Pocas cosas hay que rompan más la economía familiar que una invitación a una boda. Cualquier presupuesto, por holgado que sea, se viene abajo ante la presencia del horrendo sobrecito blanco. Qué tendrán las bodas, que siempre llegan en el peor momento para nuestro bolsillo.

Invitar a alguien a una boda es hacerle un roto, lo queramos o no. Y un compromiso, nunca mejor dicho. Cortes de pelo, gemelos, alquiler de chaqué, zapatos, permanentes, maquillajes, bolsitos a juego, complementos, alojamiento, peajes, gasolina, desayunos, etc. Todo ello sumado a la broma del regalo, deja cualquier cuenta tiritando, por muy saneada que esté.

Cuando uno recibe una invitación de boda ya se plantea si el que se la ha enviado es o no un amigo, porque alguien a quien te une una amistad no hace faenas así. Un colega nos llama para hacer una mudanza, para ir a ver un coche de segunda mano, para compartir unas entradas de un sorteo, para hacer de apoyo en una fiesta a la que se va por compromiso... pero no manda una especie de telegrama con un papel, un número de cuenta y un mapa que explica cómo llegar al otro extremo de la península para verle.

Un verdadero amigo te dice "tío, que sepas que me caso, pero no te voy a hacer la faena de venir". Y entre los dos se inventan un falso enfado que justifique la ausencia,  que dura desde un mes antes de la boda hasta un mes después. Luego la amistad continúa, y el dinero del viaje, del regalo y del chaqué acaba donde tiene que ir: a los billares y al abono del fútbol. Con los amigos.

Y es que eso de "al enemigo ni agua" ha quedado obsoleto. Lo correcto debería ser "al enemigo, invitación de boda".

miércoles, 18 de junio de 2014

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Los místicos en Facebook

La libertad de expresión tiene ventajas e inconvenientes. Facebook, como canal de comunicación que es, también presume de ella. Hay comentarios sublimes en tres palabras y aburridas disertaciones sin el más mínimo interés. Y hay una tercera vía: los místicos.

Los místicos son esos habituales de las redes sociales que, sin venir a cuento, comparten en su muro perlas del suspense dignas de Agatha Christie, tales como "Sabía que iba a ocurrir" o "No puedo más". El primer instinto de alguien normal que ve un comentario así es preguntar qué ha pasado y preocuparse por la integridad del enigmático comentarista. La respuesta habitual, pública, suele ser algo como "nada, que voy a matar a alguien" o "la vida es un puto asco".

Ante semejantes explicaciones uno queda perplejo, ya que se encuentra en la misma situación de incógnita, con el añadido del tiempo perdido esperando entablar un diálogo que saque de la situación de desamparo al primero, y de preocupación al segundo. Poner comentarios así denotan un egoísmo muy grande, pues provocan la implicación de los demás para posteriormente obtener una respuesta ridícula, y no está el tiempo para perderlo.

"Hasta aquí hemos llegado". Otra frase muy habitual en los muros creados por Zuckerberg. Una publicación así en Facebook solo cobra sentido si va acompañada de una foto de quien la ha escrito, con un Astra 38 especial apuntando a su propia sien. Ahí sí queda claro de qué va la fiesta, y cómo va a acabar. Entonces sí podemos preocuparnos por nuestro amigo. Incluso, en un alarde de amistad, en lugar de poner un comentario desanimándole a seguir adelante con el proyecto, podemos mandarle un whatsapp.

Hay que acabar con estos místicos. Ya lo dice el gran @norcoreano en twitter: "Como pacifista convencido que soy, prohibí la libertad de expresión para que la gente no discutiese."

jueves, 12 de junio de 2014

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Las apps de nuestros abuelos

Aunque los años pasen, y con ellos las tendencias, usos y modas, otras cosas siguen imperturbables aunque ahora vayan camfuladas en apps para nuestro teléfono listillo.

De siempre hemos comentado las extrañas costumbres de nuestros padres y abuelos, como lo de ir al banco a poner al día la cartilla cada dos por tres, para asegurarse de que no había habido un corralito o que las 37,50 pesetas seguían estando allí, igual que el lunes y el martes. ¿Cuántas veces entramos en la app de nuestra entidad financiera para comprobar si nos han ingresado el dinero de nuestra última devolución de Amazon, o ver si nos han cobrado ya el seguro del coche y que se corresponde con lo indicado en la carta de renovación? No tenemos más que mirar cualquier móvil a nuestro alrededor para ver lo rápido que ubicamos la aplicación de ING, Santander, Openbank y demás.

Otra costumbre de nuestros padres y abuelos era la de asomarse al buzón cada vez que pisaban el portal, no sea que hubiese venido Miguel Strogoff con una importante misiva del Zar, o un giro del Pony Express con los beneficios de nuestras minas de oro de San Francisco. Pasaron las décadas y ahí estamos nosotros, con nuestro "push mail". No nos vale que el teléfono compruebe el correo cada quince o treinta minutos. Tiene que ser push. Que al segundo de recibirlo, salte una notificación. No podemos perder la promoción del 15% de descuento en Cortefiel online o la semana de la electrónica en Carrefour.

Otro momento de máximo respeto y silencio era cuando "daban el tiempo": Mariano Medina era Dios en la Tierra. Más que Juan Pablo II. Vaya tontería para nosotros preocuparse por la marejada de variable fuerza seis arreciando a fuerte marejada en las costas gallegas. Pero ahora una de las aplicaciones estrella en nuestro smartphone es la del tiempo meteorológico, con todo tipo de gráficos, máximas y mínimas y la posibilidad de registrar veinte poblaciones a la vez.

Cambia el soporte, pero no la costumbre. Disfrazados bajo otra piel, somos igual que generaciones anteriores. Para bien o para mal. O para ambas.

jueves, 5 de junio de 2014

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Los perdonavidas

En más ocasiones de las que nos gustaría nos encontramos con personas a las que, hagamos lo que hagamos, parece que les debemos la vida. El problema viene cuando a esas personas las ponen de cara al público.

Todos tenemos días malos en los que maldita la gracia que nos hace estar obligados a interactuar con otras personas.  Pero cuando por motivos laborales debemos dar la cara ante los demás, tenemos que ser profesionales y guardarnos el cabreo para nosotros mismos, pues nadie tiene la culpa de nuestro malestar. Aún así, somos humanos y, como todos nos levantamos a veces con el pie cambiado, podemos ponernos en el papel del otro y perdonar.

Lo que no tiene justificación alguna es ese personaje, habitual de mostradores donde se forman colas, que día tras día es desagradable por principio con todo el mundo pero que se deshace en halagos con sus compañeros. Impresentables de doble rostro capaces de dispensar un trato vejatorio a un pobre anciano que únicamente desea entregar el borrador de Hacienda, y a la vez reír el comentario irónico y despectivo de su compañero de ventanilla hacia nuestro antecesor, al que tachan de imbécil por olvidar rellenar la casilla 35.7.4. Siniestros administrativos que demuestran su superioridad buscando con afán nuestro fallo.

Debe de ser que los que tenemos que compulsar un DNI, tramitar una transferencia, solicitar un duplicado o sellar un documento en el registro general, no merecemos de los privilegios de su sonrisa ni de su simpatía. Somos seres inferiores puestos allí para molestarles. Como decía Forges, los funcionarios saben cosas que los humanos ni sospechamos.

jueves, 29 de mayo de 2014

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El país que siempre dice sí

Por Llorente
En las encuestas callejeras, el porcentaje de los que no saben o no contestan es siempre muy bajo, independientemente de la pregunta realizada, lo que transmite la sensación de que respondemos como si supiéramos aunque no tengamos ni idea del asunto que nos plantean.

Cuando pasen muchos años, quizás más de los que nuestros nietos alcanzarán a ver, los historiadores acudirán a los sociólogos y a los psicólogos para intentar explicar el misterioso caso español, el del país que siempre decía sí.

Franco convocó dos referendos y el sí popular lo avaló en ambos. Suárez no tuvo problemas en salir elegido en las primeras elecciones y en obtener el consentimiento del pueblo español para una Constitución que ahora nadie recuerda haber votado. González obtuvo una mayoría absoluta aplastante con un programa que incluía la renuncia de España a la OTAN, lo cual no fue óbice para que poco después los mismos que lo habían votado aprobaran en referéndum su permanencia en la organización atlántica.

Por si no estaba bastante clara la sumisión popular a lo que desde el poder se le dice que tiene que votar, llegaron las consultas concernientes a la construcción europea. Nadie podía albergar duda alguna en 2005 de que los españoles ratificaríamos el Tratado Constitucional Europeo, el mismo al que franceses y holandeses se opusieron sólo tres meses después.

¿Qué pasaría si alguna vez votásemos en sentido negativo? Nada grave, supongo. Quizás se repetiría el referendo las veces necesarias hasta que cambiásemos de opinión. Pero nos quedaría la satisfacción de saber que son muchos los que, al menos, se han leído la pregunta.

jueves, 22 de mayo de 2014

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Hacerse un selfie

Lo que hasta hace poco era el autorretrato chulo y molón de toda la vida, o lo de poner la cámara encima de una piedra e ir corriendo al grupo para salir en la foto, ha sucumbido al selfie. ¿Qué esconde Satanás bajo esta nueva tendencia?

Ya hace tiempo hablábamos de cuánto valor han perdido las fotografías en todos los aspectos a causa de las cámaras digitales, móviles, etc. y ahora damos una vuelta más de tuerca con esta nueva moda. La mayoría de estos retratos consisten en primeros planos de fosas nasales distorsionadas por el angular del objetivo, catálogos de dientes, caries y sarro, y un misterio absoluto por el lugar donde se ha tomado la imagen, pues lo más lejano que vemos es una oreja o una mano apoyada en un hombro. Sin valor, pero soportable.

Cuando la situación de los selfies ya adquiere tintes dramáticos es cuando intercede la noche y el alcohol, y donde el decoro no ha sido invitado. Aquí todo se convierte en un extenso inventario de mejillas sudorosas, lenguas blanquecinas y pastosas buscando compañía y pupilas sangrientas a causa del contraste de la oscuridad del garito y el pelotazo del flash. Documentos de gran valor científico para dentistas, oftalmólogos, otorrinos e incluso antropólogos, pero que como imagen artística o recordatorio de días de vino y rosas dejan mucho que desear.

Lo de "hacedme un hueco, que aprieto el botón y voy corriendo" o lo de pedir a un desconocido que nos haga una fotografía a un grupo de amigos tiene los días contados. Es la hora de los selfies. Con sus defectos y sus ¿virtudes?.

jueves, 15 de mayo de 2014

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User, password, pines y claves

Desde que nos levantamos hasta que nos metemos en la cama, vivimos en un continuo mundo de combinaciones de cuatro cifras, guiones bajos y contraseñas. ¿Cómo parar esta maratón para las células grises capaz de desesperar al mismísimo Stephen Hawking?

El pin del móvil, la tarjeta del cajero, el código del portal, la clave del ordenador de casa, la del PC de la oficina, la de la banca por internet, el patrón de bloqueo de Android, los códigos de Dropbox, el user y pass de Apple Store y la contraseña de iCloud, Facebook o Twitter.

Si somos de los que siempre empleamos una contraseña sencilla y breve, como pepe34, no tenemos ningún futuro, pues ya las páginas nos indican que la contraseña tiene que incluir mínimo ocho dígitos, combinando letras minúsculas, mayúsculas, números y otros caracteres. Así que en una página que entramos de pascuas a ramos, nos encontramos que nuestro clásico, tradicional, infalible y sencillo método de pepe34 pasa a ser PepE_3*4$.

Entonces decidimos tomar esta nueva contraseña como fija pero, por desgracia, al intentar emplearla en otra web se nos advierte de que sólo se admiten caracteres alfanuméricos, por lo que vuelta a empezar la rueda. Y aún hay más: en ocasiones se nos pide cambiarla (por seguridad) y cuando, en un ejercicio de lógica vamos a poner la misma, que bastantes problemas tenemos ya, nos dicen que no se puede repetir una contraseña ya empleada en los últimos cien días.

Hay que darle una vuelta a esto de las claves como método de acceso. Si ya todas las páginas incluyen la opción forgot password? es que algo no anda bien en la estrategia de seguridad en internet.

jueves, 8 de mayo de 2014

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El ambientador del coche

Lejos quedaron aquellos ambientadores con forma y olor a pino que colgando del retrovisor nos quitaban la visibilidad de la mitad del parabrisas. El mundo de los perfumes del automóvil se ha echado a perder, y de qué manera...

Lo que antes era una tarea sencilla como hacer que el coche oliese a pino y camuflase el olor del cenicero desbordado de colillas, hoy día se ha transformado en una toma de decisión tan complicada como elegir la guardería de un hijo o hacerse una vasectomía. Uno va buscando el abeto de toda la vida y se topa con la cruda realidad: los ambientadores ya no cuelgan del espejo ni se balancean. Desde hace tiempo van incrustados en las salidas de aire y tienen fragancias de lo más extraño.

Lluvia de verano, brisa marina, frescor de ropa limpia, manzana dulce y canela especiada, jazmín exquisito y perla australiana, paseo al borde del mar... todo un mundo aromático por descubrir. Uno especialmente interesante es el llamado "Dama de noche". ¿Cómo huele eso? Porque hay damas y hay noches. ¿Huele a Brigitte Bardot en sus mejores años compartiendo con nosotros un daikiri en la Costa Azul, o huele a Belén Esteban en un motel de Bujaraloz comiendo un kebab?

Lirio del Amazonas, selva tropical.... los que no hemos ido a Venezuela ¿cómo sabemos que no nos están haciendo el lío, y en lugar del lirio el perfume es de gardenia? En estas cosas se ve la confianza que transmite al producto un buen prescriptor, como De la Quadra Salcedo.

Yo no sé para que se complican tanto la vida cuando, lejos de tanta frescura y exotismo, todos buscamos el perfume que el que lo invente se forra: ambientador con olor a coche nuevo.

jueves, 1 de mayo de 2014

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El botón del warning

El botón del warning es esa teclita del coche, generalmente de color rojo, con un triángulo en el centro, que se emplea para cometer infracciones de todo tipo y confiar en que nadie se sienta molesto, pues hemos señalizado nuestro egoísmo.

Para aquellos que en su currículo figure un nivel medio de inglés conviene aclarar que el término sajón warning significa sencillamente Advertencia o Aviso. Pongo las cuatro luces intermitentes para avisar de que he pinchado y estoy en la cuneta. Aprieto el botón porque el coche se ha parado y no puedo arrancar. Pulso la tecla del triángulo rojo porque ha habido un accidente y estamos realizando una frenada de emergencia; advertimos de un posible peligro. Y hasta aquí la teoría.

La realidad es mucho más sencilla. Muchos conductores entienden que esa advertencia se basa en indicar que van a aparcar donde les salga de las narices. Nos avisan de que se van a hacer invisibles, de que aunque crucen el coche en medio de una autopista y se pongan a hablar por teléfono no molestan, porque han pulsado el warning. Es muy habitual ver un hueco para estacionar y encontrar un coche tapando ese hueco, con las lucecitas puestas, el habitáculo vacío, y el dueño tomando una cervecita en la terraza del bar. O montar un bonito espectáculo de luces a cargo de los todo terrenos de las madres, que charlan en la puerta del colegio, mientras el resto de conductores vemos como, por arte de magia, tres carriles para circular se han reducido a uno. 

Yo no entiendo como hay gente que busca huecos para aparcar a la hora de sacar dinero de un cajero, al ir a dejar un traje en la tintorería, al comprar en el supermercado... incluso hay trastornados que se van a cenar a un restaurante...y meten el utilitario en un parking. Qué manera de tirar el dinero... ¿es que no tienen boton de warning?

jueves, 24 de abril de 2014

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La profesión va por dentro

Uno mira a su alrededor, ve lo que estudió y lo que estudiaron los amigos, familiares y compañeros de trabajo, y se plantea serias dudas acerca del sistema educativo de hace ya unos cuantos años y del sistema laboral de no hace tantos.

Arquitectos dando clases particulares de dibujo técnico, licenciados en Filosofía atendiendo llamadas en una plataforma telefónica de atención al cliente, periodistas con matrícula de honor sacando la cartilla del taxi, psicólogos haciendo fotos de bodas y comuniones, ingenieros deportados al norte de Europa o Canadá, filólogos ejerciendo de profesores en una academia de inglés a seis euros la hora, titulados en Farmacia trabajando de mancebos repartiendo medicamentos a lomos de un ciclomotor... Y estos los que tienen trabajo. La procesión tal vez, pero la profesión en muchos casos sí va por dentro. Y se deja ver bastante poco.

¿Cuánta gente cercana a nosotros trabaja en aquello para lo que fue formado académicamente? Poca. Y, obviamente, al trabajar en algo distinto a lo visto en la facultad, nunca se va a adquirir experiencia en lo estudiado, y sin experiencia nadie nos va a contratar. Así que, sin casi darnos cuenta, nos encontramos montados en una espiral que cada vez gira más rápido, y para cuando nos queramos preguntar eso de "¿pero qué hago yo aquí subido?" nos habrán bajado a la fuerza y tocará eso tan manido ahora de reinventarse, eufemismo de buscarse la vida por otros derroteros.

Yo siempre había oído que lo que se haga entre los treinta y los cuarenta años será lo que se haga toda la vida, pero a esta frase también le ha llegado la hora de reinventarse.

jueves, 17 de abril de 2014

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Animales ¿de compañía?

De toda la vida, la gente que deseaba compartir su existencia con una mascota, manteniendo una relación de aprendizaje mutuo, apostaba por un perro. Pero llevamos una racha, larga, en la que por la calle se ven bichos rarísimos, y al final de la cuerda, un dueño aun más extraño.
Hasta no hace mucho, la cadena de demanda de los animales era muy sencilla: Si hay varios
miembros en la familia o si se es muy sacrificado, se tiene un perro; si se es muy independiente, un gato; y si apenas pisamos por casa, un acuario con peces, un jilguero o una tortuga. Pero eso de compartir un piso en la ciudad con una oca, con un hurón, con serpientes, con nutrias o con un pavo real es, cuando menos, preocupante. ¿Qué sobra o qué falta en las cabezas de sus dueños?

Yo no sé si es un complejo de inferioridad que se quiere paliar a base de buscar una exclusividad mal entendida, como los que llaman a sus hijos Thais, Eros o Lluvia y se apellidan García o Pérez, pero desde luego que convivir en un piso de setenta metros con un cerdo vietnamita no puede traer nada bueno. Los cerdos en España son ibéricos y están en la dehesa extremeña, comiendo bellotas y revolcándose en el fango, que es su naturaleza. De los vietnamitas desconozco su hábitat, pero solo por el nombre y su gentilicio seguro que no está en un cuarto piso interior de la Gran Vía madrileña.

Iguanas, tarántulas, boas, serpientes de cascabel, musarañas, lémures castrados... confiemos en que Dios no tenga el mismo criterio que Noé y sea más exigente con los amos que con los animales, dejando a algunos de los primeros en la estacada si llega el momento de la selección.

jueves, 10 de abril de 2014

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Bodrios del cine español

Curioso el revuelo que se ha formado en torno al éxito de la película Ocho apellidos vascos. Y es que el cine español lleva tantos años pariendo bodrios, que al país de los ciegos, por fin, ha llegado el tuerto. 
Quien haya sufrido la hez Los amantes pasajeros sabe perfectamente a qué nivel de bajeza y zafiedad puede llegar a caer el cine español. No se puede ir más allá en el mundo de lo burdo, lo absurdo, lo soez y lo insultante. Y así pasa, que nos hemos ido dejando llevar por caprichitos sin sentido de progres iluminados y cuando vemos algo soportable o entretenido salimos con una sensación prácticamente olvidada, si no desconocida.

Fantasías de rebeldes sin causa, subvenciones con ojos cerrados a todo aquello que ridiculice cualquier valor tradicional o nacional, intentos penosos de acercamiento (a años luz) a la nouvelle vague francesa o al free cinema británico... el cine español puede colgar de cualquier Ministerio, siendo el menos recomendable el de Cultura, pues poco tiene que ver con esta.

Que la obra Ocho apellidos vascos esté arrasando en las salas debería avergonzar a todos esos pseudo artistas que buscan la contribución ajena para llevar a cabo sus quimeras sobre guerras civiles ganadas por el bando opuesto, relaciones tormentosas entre travestis que se enrollan con su madre, que quería ser torera, y todos esos enrevesados embrollos que tanto gustan a un grupillo minúsculo que pasea por la vida con los Cahiers du cinema debajo del brazo sin haber llegado a la página tres.

Ojalá esto sea la espoleta para que los mecenazgos indiscriminados lleguen a su fin y el dinero vaya a mentes más creativas que buscan la finalidad principal del cine: entretener y disfrutar.

jueves, 3 de abril de 2014

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Los niños viejos

Nada más alegre que ver a un niño jugar con sus amigos, haciendo las gamberradas propias de la edad. Y nada más triste que ver a unos niños de siete años vestidos con chalecos de lentejuelas, bailando a ritmo de bachata en televisión por arte y gracia de unos padres que deberían ser encerrados a cadena perpetua.

De acuerdo que un niño no tiene porqué ir por la vida con las rodillas peladas, el pelo revuelto y el tirachinas colgando del bolsillo trasero. Pero de ahí a que niños con edades de una sola cifra luzcan el pelo engominado, zapatos de tacón cubano, pantalones de pata de gallo y bailen salsa con una sensualidad y provocación que no corresponde en absoluto a su edad, hay un paso muy grande. Y muy peligroso.

Son niños que pasan de puntillas por la infancia, viejos antes de recibir la Primera Comunión. Que les educan en la competición malsana. Proyecciones artificiales de unos padres que deberían dejar que sus hijos se batan el cobre jugando al balón o al truque en lugar de pasearlos por platós de televisión al son de valses vieneses, de melancólicos tangos o de aburridos corridos mejicanos, vestidos como Zapata o Pancho Villa.

Mientras los infantes representan un papel que en absoluto se corresponde con su edad, los padres, en una posición privilegiada entre el público, ven emocionados como en un abrir y cerrar de ojos sus hijos han obtenido los defectos de los adultos sin ninguna de sus virtudes.

Los niños con niños, haciendo juegos propios de su edad. Y los adultos, que se preocupen por que los primeros coman, se rían y duerman de un tirón. Que por suerte o por desgracia el tiempo ya les enseñará que la vida es un tango y que hay que saber bailarlo.

jueves, 27 de marzo de 2014

8

Vendepañuelos y limpiacristales

Los semáforos de las grandes ciudades donde se forman odiosos atascos son terreno abonado para vendedores de pañuelos, limpiacristales, y todo tipo de intimidaciones que han obligado a los sufridos conductores a tomar sus propias medidas de defensa, ante la pasividad de la policía.

Primero se puso de moda lo de ir entre los coches vendiendo los dichosos pañuelitos y los ambientadores en forma de pino. Prácticamente se metían dentro del habitáculo a través de la ventanilla. Defensa: en una época en la que aun no había aire acondicionado, subir el cristal y aguantar el calor.

Poco después llego el turno de la anciana elegantemente vestida que, entre sollozos, nos contaba de lunes a viernes que le habían robado el bolso y que sólo quería algo suelto para coger el metro e ir a comisaría. Defensa: similar a la anterior. Cerrojazo y mirada en lontananza.

Años más tarde llegaron los limpiacristales rumanos, los cuales, tras insistir en vano en que ni se acercasen, dejaban el cristal lleno de agua y jabón, mucho peor de lo que estaba. Defensa: poner en marcha los limpiaparabrisas en cuanto se acercaban, impidiendo su "labor".

Estos mismos limpiacristales, ante nuestra defensa, lanzaron un contraataque:  limpiar los faros. Eso nos pilló desprevenidos y sin posibilidad de respuesta mecánica. Defensa: abrir la puerta y echarles a gritos, sabiendo que era tiempo perdido, pues son conscientes de su impunidad.

Y últimamente hemos dado otra vuelta de tuerca que consiste en dejar unos cinco o diez metros por delante libres, para cuando nos aceche el bandolero, meter primera y dejarle atrás. Sistema, de momento, bastante efectivo pero que hace aumentar la extensión de los atascos.

A mí se me ocurren otros sistemas más expeditivos. Pero tal y como están las leyes no queda más remedio que continuar recurriendo a las tácticas de Gandhi.

jueves, 20 de marzo de 2014

3

Charlando en el telediario

Esta semana la entrada corre a cargo de un mordaz crítico, amigo y habitual de este blog: Llorente.

Uno, que de pequeño aprendió que no estaba bien inmiscuirse en conversaciones ajenas, no puede dejar de sentirse incómodo cuando, con la sana intención de informarse sobre lo que acontece en el mundo, atiende a los noticiarios de los distintos canales de televisión.


- Buenos días, Juan, ¿cómo está la situación en Ucrania?
– Hola,  Luis, aquí están a punto de pegarse.


¿Juan? ¿Luis? ¿Realmente se olvidan de que a quien se deberían dirigir es a los espectadores, a los que no sé qué hueco nos queda en este diálogo? Tal informalidad y mal entendida naturalidad puede explicar el empleo de palabras cuyo uso nos acarreaba a los de mi generación una regañina de nuestros mayores, como “cabrear”: decir que los representantes sindicales han salido “cabreados” de la reunión con los directivos, señora reportera, no está bien. Y puede explicar igualmente que estos periodistas-presentadores hayan olvidado pedir perdón cuando tosen o se equivocan. Uno, de pequeño, también aprendió que cuando está hablando y la garganta le juega una mala pasada en forma de tos o carraspeo, dice “perdón” y continúa su discurso. Y lo mismo cuando se equivoca:

- Rajoy ha asesinado hoy a Hollande…, lo ha recibido, quería decir.

¡Pues si lo quería decir, haberlo dicho! Pero si se ha confundido, no cuesta tanto añadir un “perdón “para disculparse ante el oyente que se ha tragado el yerro.

No debería haber problema para corregir estas cosas con facilidad, dada la enorme capacidad de aprendizaje y adaptación que han demostrado los presentadores de informativos, especialmente los del tiempo. Si profesionales de 40 ó 50 años que desde que aprendieron a hablar decían “Gerona” y “Lérida” pasaron de la noche a la mañana a decir “Girona” y “Lleida” sin despistarse ni una, pueden también aprender estas otras cosas, que son igual de fáciles. Desconozco los métodos utilizados en el cambio de los topónimos, quiero suponer que no se llegaría a coacciones o amenazas de despido, pero lo que está claro es que han demostrado ser altamente eficaces y que pueden ayudarnos a mejorar nuestros servicios informativos.

jueves, 13 de marzo de 2014

4

Los empeños a lo bestia

Desde hace algun tiempo está muy de moda el programa televisivo Empeños a lo bestia. Puede resultar entretenido, pero ¿traslada algún valor positivo a los espectadores?

Las tiendas de empeño, sórdidas donde las haya, cumplen su cometido solucionando problemas económicos pasajeros. Pero que produzcan programas de televisión donde se aplauda la usura del dueño de una de ellas, tratado como héroe, quien se comporta como un auténtico déspota ante el necesitado, haciendo todo tipo de preguntas indiscretas e innecesarias, flaco favor hace a muchos espectadores, pendientes todavía de decidir su futuro y hacia donde encarrilarlo. Entre ganar un buen fajo de billetes por hacer de intermediario o presentarse al MIR para acabar ganando 1.500 euros mensuales, la tentación, cuando menos, se puede presentar.

Casas de empeños, subastas de trasteros, cotillas que rebuscan en los graneros de honrados agricultores... todos estos programas tratan de lo mismo: comprar muy barato para vender muy caro. No fomentan el ahorro, el trabajo en equipo, la ayuda al prójimo o el éxito mediante el esfuerzo y el estudio. Es el dinero por el dinero, da igual de qué se trate si genera beneficio. Hay que aprovecharse de la necesidad o de la ignorancia del contrario. No hay más que ver el lamentable perfil de los protagonistas de Empeños a lo bestia.

Si nos remontamos varios siglos atrás y miramos al continente americano de sur a norte, veremos las consecuencias a largo plazo de aquellos países donde los españoles compramos barato el oro y nos marchamos, contra aquellos donde desembarcaron irlandeses, franceses u holandeses, sembrando, trabajando y creando riqueza en lugar de trasladarla de un lado a o otro.

jueves, 6 de marzo de 2014

6

El desconocido mundo del intermitente

Poco se puede esperar de aquel ser que, a los mandos de un vehículo, es incapaz de realizar el mínimo desgaste físico exigido para indicar cuál es su camino a seguir. Confiemos en que la naturaleza le ponga en su sitio.

Se puede conducir mal, bien, regular, rápido, lento, brusco, con prudencia o con riesgo. Cada uno de los modos elegidos tendrá sus consecuencias. Pero lo que no se puede permitir es la falta de educación y la norma elemental de advertir hacia dónde se dirige uno. No emplear los intermitentes debería ser sancionado con la retirada inmediata del carnet de conducir, y los infractores obligados a trabajar sin sueldo como acomodadores de cine o en una mina de carbón, para que vean la importancia de algunas lucecitas.

Un individuo que no emplea la palanquita de dirección solo se puede entender de dos formas: la primera es que es un egoísta incívico al que no le preocupa en absoluto el que está enfrente ni el que tiene detrás. Afortunadamente, de vez en cuando se hace justicia y su falta de señalización obliga a que el camión de seis ejes que venía a continuación no tenga tiempo de frenar y sus treinta toneladas solucionen el problema para siempre.

Y la segunda es que sea un animal de bellota que no sabe ni lo que es un intermitente, ni la necesidad de señalizar la maniobra ni, básicamente, el porqué de andar dando vueltas al volante o para qué sirve esa luz roja que se enciende al pisar el freno. Igual de peligroso que el anterior, pero con la excusa de que lo hace sin conocimiento, ejemplo claro del éxito de los exámenes de conducir en España.

Una posible solución pasaría por avisar a la policía, pero cuando vemos que los agentes de tráfico son los primeros en cometer la infracción, poco más nos queda que agarrarnos fuertemente al San Cristóbal.

jueves, 27 de febrero de 2014

4

El mundo del regateo

Hay compradores que disfrutan con eso del regateo. Casi les importa más el descuento obtenido que el producto que se llevan a casa. El éxito consiste en sacar por diez lo que parecía costar cincuenta. ¿Merece la pena el regateo o es preferible la seguridad del precio fijo?

Personalmente, tengo una gran manía al mundo del regateo, a los comerciantes que fomentan esa estrategia y, en especial, a los espabilados que pretender sacar por seis algo que marca diez, a pesar de que el precio inicial ya les parecía adecuado, sólo por hecho de creerse más listos.

No hay espectáculo más bochornoso que el de un fulano que se ha gastado tres mil euros en un crucero por el Caribe y que, mientras saborea un daikiri, es capaz de regatear dos dólares al negrito de turno, a cambio de un objeto artesanal típico de la zona.

Lo más triste de esta práctica es que los regateadores se quedan con la sensación de haber engañado al comerciante, y que sus grandes dotes de agresividad comercial deberían llevarles directos al parquet de Wall Street. Su ego les hace pensar que el vendedor se levanta por las mañanas para perder dinero y que prefiere no ganar un euro a cambio de disfrutar de las dotes de negociación, el encanto y el savoir faire del tiburón financiero de turno.

Yo no soy de entrar en este tipo de juegos y me decanto por los sitios de precio fijo. Aunque  posiblemente también se aprovechen en exceso, me ahorro entablar una batalla dialéctica de la que siempre voy a salir perdedor. A lo más que llego es a pedir un chupito de la casa en los restaurantes.

jueves, 20 de febrero de 2014

10

Megaconstrucciones: preparar un gintonic

Un país no puede decir que está en crisis cuando uno pide un simple gintonic en un bar y le ofrecen tantos tipos de ginebra como euros le van a cobrar. Más de quince.

Ginebras que se inspiran en la mítica ruta de las especias entre Oriente y Occidente, otras elaboradas con una base de ciruelas, ginebras que emplean una mezcla de frambuesas y azúcar, ginebras de doble destilación de enebro salvaje, ginebras maduradas en bayas de endrino recogidas a mano... Podemos encontrar tantas marcas y caprichos como snobs hay en los sofás de los bares de moda.

Una vez superada la difícil decisión del espirituoso, subimos al peldaño de la tónica. No podemos ser tan antiguos de pedir Schweppes o Nordic Mist (la antigua Finley) pues seremos el hazmereir del sarao. Se trata de elegir entre tónica con jugo de limón, con membrillo, con flor de saúco, tónica elaborada con mandarina, naranja, pomelo, lima y limón o tónica inspirada en la India ocupada por los británicos.

Sedientos y atragantados por las almendras saladas, y mientras los amigos apuran el último trago de su whisky, bebida con clase y ajena a las modas, llega el final de esta perpetua cadena de montaje: elegir las especias para lo que ya se está conviertiendo en el bálsamo de Fierabrás. Toca escoger entre la aguda embocadura del gengibre, el intenso sabor de las bayas de enebro, la acidez de las cortezas de cítricos y el penetrante aroma de la pimienta negra o los frutos del bosque.

Si alguien va a pedir un gintonic al estilo moderno, es mejor que busque un cómplice que le acompañe o se encontrará bebiendo solo. Para cuando esté preparado, es posible que nuestros amigos lleven durmiendo en su casa un par de horas.

jueves, 13 de febrero de 2014

4

Chantajes vecinales

Chantajista: dícese del vecino que, en zapatillas y bata, se presenta en nuestra casa a la hora de la cena para vendernos lotería del viaje de fin de curso de su hijo, incapaz de aceptar un no por respuesta.
Un padre subiendo y bajando la escalera del edificio, llamando a las puertas de los confiados vecinos, solicitando que le compremos "un par de papeletas" para el viaje de su chaval, es un ejercicio digno de la mafia calabresa. Mientras, el infante, que ya no cumple los dieciséis años, merienda tranquilamente, tomando nota de cómo delegar en los demás para el día de mañana ser un buen directivo.

Los principales factores de decisión de compra son ilusión, necesidad o miedo. Sin duda alguna, esto es una cuestión de un miedo encubierto. Miedo a que un día tengamos una gotera en el techo y, por no haber comprado la papeleta, el vecino no entre en razones y tengamos que ponernos de uñas para que llame al fontanero. Miedo a que un día perdamos las llaves de casa y no podamos esperar al cerrajero en el piso de enfrente porque un día rechazamos aquella oferta del boleto de dos euros a cambio de un hipotético viaje a Punta Cana. O miedo a que en la próxima junta de vecinos, el hasta hace poco nuestro aliado nos acuse de guardar una moto en una zona común del garaje, que nunca ha pisado nadie. Caro peaje por no aflojar la cartera y truncar los deseos expansionistas de su retoño.

Las papeletas de marras conviene comprarlas. Hay que valorarlas como un salvoconducto para evitar determinados peligros que se encierran entre la azotea y el cuarto de basuras.

jueves, 6 de febrero de 2014

7

Vayan pasando por esta caja

Los españolitos no hemos sido nunca de respetar las colas, pero da la impresión de que nos vamos civilizando. Y en esas estamos hasta que un aliado de Satanás pronuncia la frase que desata el infierno: "Vayan pasando por esta caja".

Con los años parece que hemos entendido que las siete personas que tenemos delante de una caja al ir a pagar no son conos a sortear, sino que, contra todo pronóstico, tienen la misma intención que nosotros: pagar por unos artículos. La vida es así de injusta. Como han llegado antes, se creen que tienen la prioridad.  Afortunadamente, eso del respeto al prójimo es para los débiles, quienes en el supermercado caerán fulminados.

Cuando la cajera de un supermercado se prepara para abrir una nueva caja, no es consciente de lo que puede llegar a crear. Alcanza niveles de semidios, de faraón, de  emperador, que la llevan a la máxima gloria al pronunciar la maldición: "Vayan pasando por esta caja".

Lo que sucede a continuación es inenarrable. Fenómenos de la naturaleza como los ríos de lava, los tifones, las estampidas de bisontes o las batallas a muerte entre rinocerontes son juegos de niños comparado con lo que en ese momento observamos. Hasta los cuatro jinetes del Apocalipsis bajan de sus caballos para reverenciar a una cajera cuando pronuncia la sentencia. Y si el "vayan pasando" va a acompañado de "en orden", el espectáculo ya entra en el género de las snuff movies.

Cuántas revoluciones se hubiesen ganado si en lugar de emplear el término ¡A las barricadas! alguien hubiese pronunciado ¡vayan pasando por esta caja!

jueves, 30 de enero de 2014

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Quitar un juguete a un niño

El Gobierno vasco propone limitar el fútbol en el patio de los colegios para evitar la violencia sexista. Semejante despropósito es para preguntarse si realmente, tanto votantes como votados, estamos preparados para convivir en un sistema democrático.

Resulta que esta genialidad tan progre no es nueva, y que ya lleva funcionando algún tiempo en una escuela de Barcelona, donde tienen "el día sin pelota", que es todos los jueves. A los niños les quitan el balón para que, supuestamente, disfruten con los juegos de las niñas. Esto es una gilipollez como poner el "día sin jamón ibérico" para que valoremos lo ricas que están las acelgas hervidas.

La escuela esta, que por cierto, no hay Dios capaz de ver su web en castellano, será muy moderna, pero robarles a los chavalines su modo de diversión habitual y obligarles a ponerse a jugar a las muñecas, a hacer cocinitas o a saltar a la comba es tan penoso como poner a una niña de trenzas y falda de tablas en la portería a parar penalties durante la media hora de recreo: un sufrimiento innecesario.

Los educadores tendrían que estar agradecidos al fútbol callejero y de recreo. Es una actividad (independientemente de sexos) en la que se hace ejercicio físico, evitando la obesidad ahora tan en boga, se aprende a tomar decisiones rápidas, se prepara para trabajar en equipo, se enseña a ganar y a perder, se forma el espíritu de esfuerzo, se desarrollan los líderes, se va adquiriendo una personalidad.... y de paso, durante un rato se mantienen apagadas las consolas.

Como esta parida salga adelante, de aquí a unas décadas nos encontramos celebrando "el día de usar el cerebro", que será la excepción al resto de los otros 364. 

martes, 28 de enero de 2014

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Hemoal, Vagisil y otros ungüentos

Aunque el próximo jueves publicaré la entrada semanal habitual, hoy martes me salto el protocolo para comentaros que he publicado una entrada a modo de colaboración en un blog amigo por si a alguno os apetece leerlo. 

Obviamente, trata acerca del título que habéis visto y lo podéis encontrar aquí: La Pluma Viperina

¡Hasta el jueves!



jueves, 23 de enero de 2014

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Aprender a tocar un instrumento

Los españoles somos muy dados a eso de aprender a tocar de oído, dejando el solfeo para los raros, y de ahí que nos tire mucho la guitarra pachanguera, la pandereta, los tunos, los cantautores y otras torturas. Pero la música, bien entendida, es toda una lección de cultura y sensibilidad.

Si uno tiene la suerte de pasear por ciudades centroeuropeas verá como todo está tocado por la música. Se vive desde que se nace, y a diferencia de aquí, donde la música clásica está reservada para una minoría de oído fino y cartera más gruesa, tirando para el norte vemos cómo la gente desde muy temprana edad conoce, valora y disfruta el violín, la tuba, el fagot, la flauta y el contrabajo.

Aprender a tocar un instrumento debería ser obligatorio en las escuelas. Desde primaria hasta la universidad. Gracias a ello, curso a curso, entre corcheas y sostenidos aprendereríamos un nuevo lenguaje. El solfeo educa nuestro oído. Nos ejercita en la difícil tarea de respetar el turno de los demás, nos enseña a disfrutar de la sensación del trabajo en equipo, y aprendemos que la unión hace la fuerza de un modo diferente al ocurrido recientemente en el barrio de Gamonal...

Alguien sentado en la calle, con un plato con varias monedas a sus pies, parece entregado a perpetuidad a esa acción. Pero alguien en la misma situación, tocando un saxofón, un violín o un chelo, no está pidiendo una ayuda, sino una tregua. Su lenguaje, desconocido para una gran mayoría, le dignifica.

Seguro que si muchos hubiésemos aprendido solfeo, este nos habría avisado con tiempo de la amenaza de reggaetones, hip hops, pitufos makineros y demás infiernos sonoros.

jueves, 16 de enero de 2014

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Gastromorriña

Curiosa la campaña de la marca Osborne de las pasadas fiestas. Visto que la mitad de los españoles que merecen la pena han tenido que tomar las de Villadiego, Munich, Londres o Chile, hicieron un concurso y les mandaron suspiros de España en forma de jamón del bueno y botellas de anís.

Si lo de emigrar ya es duro por dejar a la familia, los amigos y los amores, la sensación de soledad alcanza cotas inimaginables cuando uno se sienta a la mesa y descubre que el plato estrella es una coliflor cocida con guarnición de guisantes hervidos y pan de pita para empujar. Todo acompañado de un sugerente zumo de ocho vegetales. Un empujoncito al suicidio como otro cualquiera. Normal que a esa sensación la hayan llamado gastromorriña.

Encontrarse en semejante situación y recibir, sin esperarlo, sobres de jamón Cinco Jotas cortado a mano y botellas de anís o de Magno reserva, tiene que ser para saltarse las lágrimas, y más en unas fechas como esas donde mientras los de allí tragaban codillo y repollo, nosotros aplicábamos la ley del pobre ante el cordero asado, los carabineros a la plancha, las sopas de marisco y demás manjares.

Osborne ya se lució de por vida con el toro en las carreteras, y es de agradecer empresas que sigan haciendo patria y que se ponen en la piel de los que están fuera a la vez que hacen marca, pues ya dice el refrán "cuando comas fruta, acuérdate de quien la siembra".