Es frecuente en las películas y series de televisión anglosajonas el tema del robo de la Navidad, consistente en que algún malvado trata de impedir el reparto de regalos mediante el secuestro de Papá Noel o alguna artimaña similar, hasta que el héroe de turno consigue que los juguetes y presentes lleguen a todos los hogares. Es lo que llaman “salvar la Navidad”, dejando entrever una concepción bastante materialista de la celebración del 25 de diciembre.
Dejando la ficción y bajando a la realidad, me pregunto si no nos están robando poco a poco y casi sin enterarnos una festividad que, nos guste o no, es religiosa y lleva implícito un alto grado de tradición.Muchas empresas e instituciones evitan intencionadamente que en las tarjetas de felicitación navideñas enviadas a clientes y proveedores aparezcan motivos religiosos, lo cual, además de una contradicción absurda, es una marginación de una de las escenas más hermosas de la iconografía cristiana, la del Nacimiento, que, al menos de momento, resiste en los décimos de la lotería. Los empleados, en vez de recibir un aguinaldo que puedan disfrutar con su familia, son invitados a cenas que ni les apetecen ni suelen deparar nada bueno. Las ciudades se decoran con elementos neutros como insulsas bolas de adorno, ramas de acebo o simples luces amorfas. Los colegios recurren para las actuaciones infantiles a canciones de Bustamante o de Luis Miguel obviando los tradicionales villancicos. Y los Reyes Magos sólo parecen resistir por el interés de las firmas comerciales en mantener una fecha más de consumo masivo.
Todo esto, entre otras cosas, refleja que el período de tiempo que va del 24 de diciembre al 6 de enero se está transformando para muchos en algo distinto de lo que vivieron de niños. Los cambios son inevitables, pero esto, más que una evolución, se asemeja a un robo en el que para disimular la falta del original se ha colocado una mala imitación. Algunos se alegran del hurto, otros sólo se lamentan mientras ultiman sus compras el 24 por la mañana y, por supuesto, hay quienes disfrutan de estas fechas sin importarles lo que hagan o digan los demás.
En cualquier caso, permítannos que, desde aquí, junto a la esperanza de un venturoso 2015, en vez de felicitarles unas confusas e imprecisas fiestas les deseemos una Feliz Navidad.