Whatsapp se ha tenido que poner las pilas ante la avalancha de críticas y ha preparado una actualización para que este supuesto intrusismo llegue a su fin, que es como pedirle a Iberdrola que invente algo para que no se vea la luz cuando entremos en casa, o que los coches lleven todas las lunas tintadas, no sea que algún peatón nos reconozca. Si tanto valoramos vivir en ese mundo de misterio, enigmas e interrogantes es que algo falla en nuestra asertividad o en la legalidad de nuestros actos.
Buscamos continuamente nuevos medios de intercomunicación y demandamos inmediatez en los mismos, pero cuando los tenemos ¿qué pasa? Exigimos indignados a Whatsapp privacidad para que nadie sepa si hemos leído un mensaje o a qué hora nos hemos conectado por última vez, y al mismo tiempo subimos una foto de perfil donde nuestra pose, vestuario y gestos nos ubican en ocasiones en el primer peldaño de la escala evolutiva. Si en algunas fotos de perfil ya nos planteamos la catadura de de determinados personajes, estos suelen adjuntar en su estado una frase metafísica, en ocasiones en un inglés mal redactado, que despeja cualquier duda.
La marca azul sirve para lo principal: el mensaje ha llegado y ha sido leído. La útima hora de conexión sirve para lo principal: hace x minutos la persona estaba viva. Esta información, sobre todo la segunda, multiplica las posibilidades de ser respondidos. Seamos más benevolentes con la herramienta creada por Jan Koum. Aunque solo sea por esos momentos en los que nos permite felicitar un cumpleaños obligado a alguien con quien no tenemos ningún interés en hablar.
