Por Llorente
En países con un alto índice de desempleo
como el nuestro, los servicios de recursos humanos alcanzan una peligrosa
influencia no sólo dentro de sus empresas, sino en el ámbito general de la
sociedad y, especialmente, entre los poderes que manejan los hilos de nuestra
existencia (al menos, la laboral).
Debe de ser esa sensación de creerse superiores
al resto de ciudadanos la que lleva a los entrevistadores a incurrir en acciones
sin sentido como, por ejemplo, el pedir a un profesional con veinte años de
antigüedad en su sector y con resultados contrastables que dibuje a un tipo
bajo la lluvia o un árbol. Sin seis millones de parados contextualizando el
asunto, a más de un técnico de recursos humanos le habrían hecho tragarse el folio
sin sal ni nada.
Y muchos aspirantes a algún puesto de
trabajo se habrían dado la vuelta en dirección a su casa nada más ver que,
antes de preguntarles por su vida laboral o su formación, lo que les solicitan
es que señalen con qué se sienten más o menos identificados entre una lista de
adjetivos sacados de un diccionario de sinónimos y antónimos; o habrían
descartado tal empresa para trabajar en ella al intuir que van a ser valorados
en función de que a preguntas como “¿ha sido impuntual alguna vez en su vida?” contesten
“nunca” o “sí, confieso, una vez con diez años llegué tarde al cole”.
En el fondo, subyace la excesiva
presuntuosidad de tecniquillos de ciertas ramas incapaces de reconocer que
ciencias exactas, lo que se dice exactas, son sólo las Matemáticas. La
Sociología y la Psicología no lo son. Por eso, dos más dos son siempre cuatro,
pero un árbol dibujado con unas raíces bien gordas no tiene por qué significar
que su autor tiene unos impulsos sexuales intensos y reprimidos y va a acosar a
todas sus compañeras; quizás, el improvisado artista se ha tropezado esa misma
mañana con una raíz que sobresalía del asfalto y aún la tiene en la cabeza
porque le duele el pie.
Lo trágico, en estos casos, tiene dos
vertientes. Una, que las Ciencias Sociales experimenten sus jueguecitos con
seres humanos que no quieren someterse a ellos; la segunda, que alguien se
pueda quedar sin un empleo por criterios tan mezquinos como los que acabo de
ejemplificar de manera mínima.

