El calor: los congeladores se mantienen en el mínimo y el resto de los productos se nutren del calor que mueve un ventilador. La cadena del frío es un término desconocido por completo y comprar una botella de leche o media docena de huevos es toda una invitación a protagonizar las esquelas del próximo domingo.
Los escaparates: Muy en la filosofía china basada en el enigma y el misterio, desde fuera es imposible ver qué se esconde tras sus cristales. Para ello, lejos de invertir en persianas o estores, su solución es pegar cartones de cajas de chucherías o futos secos, permitiendo que estos se decoloren por el sol, aportando una pátina de cutrez añadida.
La falta de escrúpulos: no tienen ningún reparo en vender alcohol, cigarrillos sueltos o papel de liar a menores, siempre y cuando estos lleven una mochila o algún doble fondo donde esconder la mercancía.
La desconfianza: para estos mercaderes orientales, todo el que entra en su establecimiento, lejos de ser un cliente, es un delincuente en potencia. Cuando no están mirando una película en mandarín o cantonés, su pasatiempo favorito consiste en seguir nuestro reflejo en los espejos que tienen ubicados a lo largo y ancho del negocio, buscando y deseando nuestro intento de delito.
Cierto es que en más de una ocasión nos salvan de un apuro, pero la conveniencia y disposición de estos establecimientos no debe ser patente de corso que permita bordear la línea de la salubridad y el respeto al cliente.
