Hay quien dice que la publicidad es el arte de separar a la gente de su dinero. Como todo, es una postura muy discutible, pero hay una fecha en el año en la que se cumple ese dicho. Y es en los días previos a los Reyes Magos.
Si hay una publicidad complicada de controlar es aquella que va dirigida a los menores, sobre todo a los que se mueven en la cándida y feliz época en la que son conscientes de que hay tres señores que vienen a camello y traen regalos, pero todavía no tienen la más mínima sospecha de que esos señores vienen, pero previo paso por caja. A portes pagados.
Eso implica "pedirse" todo aquello que aparezca en televisión y pueda tener el más mínimo interés, pues, al fin y al cabo, no cuesta nada. La ligereza de la frase "me lo pido para Reyes" es inversamente proporcional a la dureza que adquiere la glotis de los sufridos padres, quienes, en dulce compañía, prestan atención a dos cifras: la edad recomendada del juego en cuestión por un lado, y el siempre antipático precio en euros.
