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jueves, 13 de febrero de 2014

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Chantajes vecinales

Chantajista: dícese del vecino que, en zapatillas y bata, se presenta en nuestra casa a la hora de la cena para vendernos lotería del viaje de fin de curso de su hijo, incapaz de aceptar un no por respuesta.
Un padre subiendo y bajando la escalera del edificio, llamando a las puertas de los confiados vecinos, solicitando que le compremos "un par de papeletas" para el viaje de su chaval, es un ejercicio digno de la mafia calabresa. Mientras, el infante, que ya no cumple los dieciséis años, merienda tranquilamente, tomando nota de cómo delegar en los demás para el día de mañana ser un buen directivo.

Los principales factores de decisión de compra son ilusión, necesidad o miedo. Sin duda alguna, esto es una cuestión de un miedo encubierto. Miedo a que un día tengamos una gotera en el techo y, por no haber comprado la papeleta, el vecino no entre en razones y tengamos que ponernos de uñas para que llame al fontanero. Miedo a que un día perdamos las llaves de casa y no podamos esperar al cerrajero en el piso de enfrente porque un día rechazamos aquella oferta del boleto de dos euros a cambio de un hipotético viaje a Punta Cana. O miedo a que en la próxima junta de vecinos, el hasta hace poco nuestro aliado nos acuse de guardar una moto en una zona común del garaje, que nunca ha pisado nadie. Caro peaje por no aflojar la cartera y truncar los deseos expansionistas de su retoño.

Las papeletas de marras conviene comprarlas. Hay que valorarlas como un salvoconducto para evitar determinados peligros que se encierran entre la azotea y el cuarto de basuras.