Por Llorente
Si estos días se sienten
observados mientras caminan por la calle, no piensen que van a ser víctimas de
los bromistas de cámara oculta o que empiezan a desarrollar manías persecutorias.
No, sólo se trata de que ha comenzado la campaña electoral y vallas y farolas
se decoran con rostros embaucadores de tipos llamados candidatos que nos miran
fijamente pidiendo, exigiendo, nuestro voto.
Pero voy a prescindir de esos
rostros para centrarme en los lemas que los acompañan y con los que intentan
convencernos, o eso se supone, para que los elijamos en las urnas. Mal van.
“Soluciones justas” es lo que
nos prometen los socialistas. La primera vez que lo leí, sin maldad, pensé en
“soluciones, las justas”, es decir, más bien escasas. Poco convincente.
Ciudadanos apela al cambio,
añadiendo al topónimo de la ciudad en cuestión la coletilla “pide el cambio”.
Podían habérselo currado un poco más, teniendo en cuenta que el rollo del
cambio es un tópico tan manido que ha perdido cualquier significado.
Recientemente, en las autonómicas andaluzas, la candidata del partido que lleva
más de treinta años gobernando dijo ser la persona que encarnaba el cambio en
esa comunidad. Y sin ponerse colorada. Para que vean lo que dice ahora “el cambio”
en política: absolutamente nada.
Izquierda Unida se hace
llamar “El corazón de la izquierda” en sus carteles de publicidad electoral.
Está bien para reivindicar su sitio en esa ala política ante partidos que se lo
están quitando, pero dudo que tenga fuerza para animar a nadie a depositar su
voto a favor de esa formación. El “Es ahora” de Podemos, en ese sentido, es más
apropiado. Hasta en eso les están adelantando.
Pero el mejor, o el peor, es
el del Partido Popular. “Trabajar. Hacer. Crecer.” Sin sonrojarse tampoco. Sin
duda ha sido creado por un indio sioux de los que veíamos en los western de Hollywood, y no sólo por el
uso abusivo de los infinitivos, sino porque sólo puede juntar en el mismo
cartel el logo del PP y el verbo trabajar alguien que viva en una reserva a
miles de kilómetros de España.
Cada vez que llega una
campaña electoral, no puedo evitar acordarme de Adlai Stevenson, aquel político
demócrata estadounidense que calificó como indignidad final del proceso
democrático el hecho de que los candidatos se publiciten mediante técnicas
comerciales como si fuesen cereales para el desayuno. Ni que decir tiene que el
bueno de Adlai perdió las dos elecciones a las que se presentó.
