jueves, 8 de mayo de 2014

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El ambientador del coche

Lejos quedaron aquellos ambientadores con forma y olor a pino que colgando del retrovisor nos quitaban la visibilidad de la mitad del parabrisas. El mundo de los perfumes del automóvil se ha echado a perder, y de qué manera...

Lo que antes era una tarea sencilla como hacer que el coche oliese a pino y camuflase el olor del cenicero desbordado de colillas, hoy día se ha transformado en una toma de decisión tan complicada como elegir la guardería de un hijo o hacerse una vasectomía. Uno va buscando el abeto de toda la vida y se topa con la cruda realidad: los ambientadores ya no cuelgan del espejo ni se balancean. Desde hace tiempo van incrustados en las salidas de aire y tienen fragancias de lo más extraño.

Lluvia de verano, brisa marina, frescor de ropa limpia, manzana dulce y canela especiada, jazmín exquisito y perla australiana, paseo al borde del mar... todo un mundo aromático por descubrir. Uno especialmente interesante es el llamado "Dama de noche". ¿Cómo huele eso? Porque hay damas y hay noches. ¿Huele a Brigitte Bardot en sus mejores años compartiendo con nosotros un daikiri en la Costa Azul, o huele a Belén Esteban en un motel de Bujaraloz comiendo un kebab?

Lirio del Amazonas, selva tropical.... los que no hemos ido a Venezuela ¿cómo sabemos que no nos están haciendo el lío, y en lugar del lirio el perfume es de gardenia? En estas cosas se ve la confianza que transmite al producto un buen prescriptor, como De la Quadra Salcedo.

Yo no sé para que se complican tanto la vida cuando, lejos de tanta frescura y exotismo, todos buscamos el perfume que el que lo invente se forra: ambientador con olor a coche nuevo.

jueves, 1 de mayo de 2014

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El botón del warning

El botón del warning es esa teclita del coche, generalmente de color rojo, con un triángulo en el centro, que se emplea para cometer infracciones de todo tipo y confiar en que nadie se sienta molesto, pues hemos señalizado nuestro egoísmo.

Para aquellos que en su currículo figure un nivel medio de inglés conviene aclarar que el término sajón warning significa sencillamente Advertencia o Aviso. Pongo las cuatro luces intermitentes para avisar de que he pinchado y estoy en la cuneta. Aprieto el botón porque el coche se ha parado y no puedo arrancar. Pulso la tecla del triángulo rojo porque ha habido un accidente y estamos realizando una frenada de emergencia; advertimos de un posible peligro. Y hasta aquí la teoría.

La realidad es mucho más sencilla. Muchos conductores entienden que esa advertencia se basa en indicar que van a aparcar donde les salga de las narices. Nos avisan de que se van a hacer invisibles, de que aunque crucen el coche en medio de una autopista y se pongan a hablar por teléfono no molestan, porque han pulsado el warning. Es muy habitual ver un hueco para estacionar y encontrar un coche tapando ese hueco, con las lucecitas puestas, el habitáculo vacío, y el dueño tomando una cervecita en la terraza del bar. O montar un bonito espectáculo de luces a cargo de los todo terrenos de las madres, que charlan en la puerta del colegio, mientras el resto de conductores vemos como, por arte de magia, tres carriles para circular se han reducido a uno. 

Yo no entiendo como hay gente que busca huecos para aparcar a la hora de sacar dinero de un cajero, al ir a dejar un traje en la tintorería, al comprar en el supermercado... incluso hay trastornados que se van a cenar a un restaurante...y meten el utilitario en un parking. Qué manera de tirar el dinero... ¿es que no tienen boton de warning?

jueves, 24 de abril de 2014

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La profesión va por dentro

Uno mira a su alrededor, ve lo que estudió y lo que estudiaron los amigos, familiares y compañeros de trabajo, y se plantea serias dudas acerca del sistema educativo de hace ya unos cuantos años y del sistema laboral de no hace tantos.

Arquitectos dando clases particulares de dibujo técnico, licenciados en Filosofía atendiendo llamadas en una plataforma telefónica de atención al cliente, periodistas con matrícula de honor sacando la cartilla del taxi, psicólogos haciendo fotos de bodas y comuniones, ingenieros deportados al norte de Europa o Canadá, filólogos ejerciendo de profesores en una academia de inglés a seis euros la hora, titulados en Farmacia trabajando de mancebos repartiendo medicamentos a lomos de un ciclomotor... Y estos los que tienen trabajo. La procesión tal vez, pero la profesión en muchos casos sí va por dentro. Y se deja ver bastante poco.

¿Cuánta gente cercana a nosotros trabaja en aquello para lo que fue formado académicamente? Poca. Y, obviamente, al trabajar en algo distinto a lo visto en la facultad, nunca se va a adquirir experiencia en lo estudiado, y sin experiencia nadie nos va a contratar. Así que, sin casi darnos cuenta, nos encontramos montados en una espiral que cada vez gira más rápido, y para cuando nos queramos preguntar eso de "¿pero qué hago yo aquí subido?" nos habrán bajado a la fuerza y tocará eso tan manido ahora de reinventarse, eufemismo de buscarse la vida por otros derroteros.

Yo siempre había oído que lo que se haga entre los treinta y los cuarenta años será lo que se haga toda la vida, pero a esta frase también le ha llegado la hora de reinventarse.

jueves, 17 de abril de 2014

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Animales ¿de compañía?

De toda la vida, la gente que deseaba compartir su existencia con una mascota, manteniendo una relación de aprendizaje mutuo, apostaba por un perro. Pero llevamos una racha, larga, en la que por la calle se ven bichos rarísimos, y al final de la cuerda, un dueño aun más extraño.
Hasta no hace mucho, la cadena de demanda de los animales era muy sencilla: Si hay varios
miembros en la familia o si se es muy sacrificado, se tiene un perro; si se es muy independiente, un gato; y si apenas pisamos por casa, un acuario con peces, un jilguero o una tortuga. Pero eso de compartir un piso en la ciudad con una oca, con un hurón, con serpientes, con nutrias o con un pavo real es, cuando menos, preocupante. ¿Qué sobra o qué falta en las cabezas de sus dueños?

Yo no sé si es un complejo de inferioridad que se quiere paliar a base de buscar una exclusividad mal entendida, como los que llaman a sus hijos Thais, Eros o Lluvia y se apellidan García o Pérez, pero desde luego que convivir en un piso de setenta metros con un cerdo vietnamita no puede traer nada bueno. Los cerdos en España son ibéricos y están en la dehesa extremeña, comiendo bellotas y revolcándose en el fango, que es su naturaleza. De los vietnamitas desconozco su hábitat, pero solo por el nombre y su gentilicio seguro que no está en un cuarto piso interior de la Gran Vía madrileña.

Iguanas, tarántulas, boas, serpientes de cascabel, musarañas, lémures castrados... confiemos en que Dios no tenga el mismo criterio que Noé y sea más exigente con los amos que con los animales, dejando a algunos de los primeros en la estacada si llega el momento de la selección.

jueves, 10 de abril de 2014

3

Bodrios del cine español

Curioso el revuelo que se ha formado en torno al éxito de la película Ocho apellidos vascos. Y es que el cine español lleva tantos años pariendo bodrios, que al país de los ciegos, por fin, ha llegado el tuerto. 
Quien haya sufrido la hez Los amantes pasajeros sabe perfectamente a qué nivel de bajeza y zafiedad puede llegar a caer el cine español. No se puede ir más allá en el mundo de lo burdo, lo absurdo, lo soez y lo insultante. Y así pasa, que nos hemos ido dejando llevar por caprichitos sin sentido de progres iluminados y cuando vemos algo soportable o entretenido salimos con una sensación prácticamente olvidada, si no desconocida.

Fantasías de rebeldes sin causa, subvenciones con ojos cerrados a todo aquello que ridiculice cualquier valor tradicional o nacional, intentos penosos de acercamiento (a años luz) a la nouvelle vague francesa o al free cinema británico... el cine español puede colgar de cualquier Ministerio, siendo el menos recomendable el de Cultura, pues poco tiene que ver con esta.

Que la obra Ocho apellidos vascos esté arrasando en las salas debería avergonzar a todos esos pseudo artistas que buscan la contribución ajena para llevar a cabo sus quimeras sobre guerras civiles ganadas por el bando opuesto, relaciones tormentosas entre travestis que se enrollan con su madre, que quería ser torera, y todos esos enrevesados embrollos que tanto gustan a un grupillo minúsculo que pasea por la vida con los Cahiers du cinema debajo del brazo sin haber llegado a la página tres.

Ojalá esto sea la espoleta para que los mecenazgos indiscriminados lleguen a su fin y el dinero vaya a mentes más creativas que buscan la finalidad principal del cine: entretener y disfrutar.

jueves, 3 de abril de 2014

5

Los niños viejos

Nada más alegre que ver a un niño jugar con sus amigos, haciendo las gamberradas propias de la edad. Y nada más triste que ver a unos niños de siete años vestidos con chalecos de lentejuelas, bailando a ritmo de bachata en televisión por arte y gracia de unos padres que deberían ser encerrados a cadena perpetua.

De acuerdo que un niño no tiene porqué ir por la vida con las rodillas peladas, el pelo revuelto y el tirachinas colgando del bolsillo trasero. Pero de ahí a que niños con edades de una sola cifra luzcan el pelo engominado, zapatos de tacón cubano, pantalones de pata de gallo y bailen salsa con una sensualidad y provocación que no corresponde en absoluto a su edad, hay un paso muy grande. Y muy peligroso.

Son niños que pasan de puntillas por la infancia, viejos antes de recibir la Primera Comunión. Que les educan en la competición malsana. Proyecciones artificiales de unos padres que deberían dejar que sus hijos se batan el cobre jugando al balón o al truque en lugar de pasearlos por platós de televisión al son de valses vieneses, de melancólicos tangos o de aburridos corridos mejicanos, vestidos como Zapata o Pancho Villa.

Mientras los infantes representan un papel que en absoluto se corresponde con su edad, los padres, en una posición privilegiada entre el público, ven emocionados como en un abrir y cerrar de ojos sus hijos han obtenido los defectos de los adultos sin ninguna de sus virtudes.

Los niños con niños, haciendo juegos propios de su edad. Y los adultos, que se preocupen por que los primeros coman, se rían y duerman de un tirón. Que por suerte o por desgracia el tiempo ya les enseñará que la vida es un tango y que hay que saber bailarlo.

jueves, 27 de marzo de 2014

8

Vendepañuelos y limpiacristales

Los semáforos de las grandes ciudades donde se forman odiosos atascos son terreno abonado para vendedores de pañuelos, limpiacristales, y todo tipo de intimidaciones que han obligado a los sufridos conductores a tomar sus propias medidas de defensa, ante la pasividad de la policía.

Primero se puso de moda lo de ir entre los coches vendiendo los dichosos pañuelitos y los ambientadores en forma de pino. Prácticamente se metían dentro del habitáculo a través de la ventanilla. Defensa: en una época en la que aun no había aire acondicionado, subir el cristal y aguantar el calor.

Poco después llego el turno de la anciana elegantemente vestida que, entre sollozos, nos contaba de lunes a viernes que le habían robado el bolso y que sólo quería algo suelto para coger el metro e ir a comisaría. Defensa: similar a la anterior. Cerrojazo y mirada en lontananza.

Años más tarde llegaron los limpiacristales rumanos, los cuales, tras insistir en vano en que ni se acercasen, dejaban el cristal lleno de agua y jabón, mucho peor de lo que estaba. Defensa: poner en marcha los limpiaparabrisas en cuanto se acercaban, impidiendo su "labor".

Estos mismos limpiacristales, ante nuestra defensa, lanzaron un contraataque:  limpiar los faros. Eso nos pilló desprevenidos y sin posibilidad de respuesta mecánica. Defensa: abrir la puerta y echarles a gritos, sabiendo que era tiempo perdido, pues son conscientes de su impunidad.

Y últimamente hemos dado otra vuelta de tuerca que consiste en dejar unos cinco o diez metros por delante libres, para cuando nos aceche el bandolero, meter primera y dejarle atrás. Sistema, de momento, bastante efectivo pero que hace aumentar la extensión de los atascos.

A mí se me ocurren otros sistemas más expeditivos. Pero tal y como están las leyes no queda más remedio que continuar recurriendo a las tácticas de Gandhi.

jueves, 20 de marzo de 2014

3

Charlando en el telediario

Esta semana la entrada corre a cargo de un mordaz crítico, amigo y habitual de este blog: Llorente.

Uno, que de pequeño aprendió que no estaba bien inmiscuirse en conversaciones ajenas, no puede dejar de sentirse incómodo cuando, con la sana intención de informarse sobre lo que acontece en el mundo, atiende a los noticiarios de los distintos canales de televisión.


- Buenos días, Juan, ¿cómo está la situación en Ucrania?
– Hola,  Luis, aquí están a punto de pegarse.


¿Juan? ¿Luis? ¿Realmente se olvidan de que a quien se deberían dirigir es a los espectadores, a los que no sé qué hueco nos queda en este diálogo? Tal informalidad y mal entendida naturalidad puede explicar el empleo de palabras cuyo uso nos acarreaba a los de mi generación una regañina de nuestros mayores, como “cabrear”: decir que los representantes sindicales han salido “cabreados” de la reunión con los directivos, señora reportera, no está bien. Y puede explicar igualmente que estos periodistas-presentadores hayan olvidado pedir perdón cuando tosen o se equivocan. Uno, de pequeño, también aprendió que cuando está hablando y la garganta le juega una mala pasada en forma de tos o carraspeo, dice “perdón” y continúa su discurso. Y lo mismo cuando se equivoca:

- Rajoy ha asesinado hoy a Hollande…, lo ha recibido, quería decir.

¡Pues si lo quería decir, haberlo dicho! Pero si se ha confundido, no cuesta tanto añadir un “perdón “para disculparse ante el oyente que se ha tragado el yerro.

No debería haber problema para corregir estas cosas con facilidad, dada la enorme capacidad de aprendizaje y adaptación que han demostrado los presentadores de informativos, especialmente los del tiempo. Si profesionales de 40 ó 50 años que desde que aprendieron a hablar decían “Gerona” y “Lérida” pasaron de la noche a la mañana a decir “Girona” y “Lleida” sin despistarse ni una, pueden también aprender estas otras cosas, que son igual de fáciles. Desconozco los métodos utilizados en el cambio de los topónimos, quiero suponer que no se llegaría a coacciones o amenazas de despido, pero lo que está claro es que han demostrado ser altamente eficaces y que pueden ayudarnos a mejorar nuestros servicios informativos.

jueves, 13 de marzo de 2014

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Los empeños a lo bestia

Desde hace algun tiempo está muy de moda el programa televisivo Empeños a lo bestia. Puede resultar entretenido, pero ¿traslada algún valor positivo a los espectadores?

Las tiendas de empeño, sórdidas donde las haya, cumplen su cometido solucionando problemas económicos pasajeros. Pero que produzcan programas de televisión donde se aplauda la usura del dueño de una de ellas, tratado como héroe, quien se comporta como un auténtico déspota ante el necesitado, haciendo todo tipo de preguntas indiscretas e innecesarias, flaco favor hace a muchos espectadores, pendientes todavía de decidir su futuro y hacia donde encarrilarlo. Entre ganar un buen fajo de billetes por hacer de intermediario o presentarse al MIR para acabar ganando 1.500 euros mensuales, la tentación, cuando menos, se puede presentar.

Casas de empeños, subastas de trasteros, cotillas que rebuscan en los graneros de honrados agricultores... todos estos programas tratan de lo mismo: comprar muy barato para vender muy caro. No fomentan el ahorro, el trabajo en equipo, la ayuda al prójimo o el éxito mediante el esfuerzo y el estudio. Es el dinero por el dinero, da igual de qué se trate si genera beneficio. Hay que aprovecharse de la necesidad o de la ignorancia del contrario. No hay más que ver el lamentable perfil de los protagonistas de Empeños a lo bestia.

Si nos remontamos varios siglos atrás y miramos al continente americano de sur a norte, veremos las consecuencias a largo plazo de aquellos países donde los españoles compramos barato el oro y nos marchamos, contra aquellos donde desembarcaron irlandeses, franceses u holandeses, sembrando, trabajando y creando riqueza en lugar de trasladarla de un lado a o otro.

jueves, 6 de marzo de 2014

6

El desconocido mundo del intermitente

Poco se puede esperar de aquel ser que, a los mandos de un vehículo, es incapaz de realizar el mínimo desgaste físico exigido para indicar cuál es su camino a seguir. Confiemos en que la naturaleza le ponga en su sitio.

Se puede conducir mal, bien, regular, rápido, lento, brusco, con prudencia o con riesgo. Cada uno de los modos elegidos tendrá sus consecuencias. Pero lo que no se puede permitir es la falta de educación y la norma elemental de advertir hacia dónde se dirige uno. No emplear los intermitentes debería ser sancionado con la retirada inmediata del carnet de conducir, y los infractores obligados a trabajar sin sueldo como acomodadores de cine o en una mina de carbón, para que vean la importancia de algunas lucecitas.

Un individuo que no emplea la palanquita de dirección solo se puede entender de dos formas: la primera es que es un egoísta incívico al que no le preocupa en absoluto el que está enfrente ni el que tiene detrás. Afortunadamente, de vez en cuando se hace justicia y su falta de señalización obliga a que el camión de seis ejes que venía a continuación no tenga tiempo de frenar y sus treinta toneladas solucionen el problema para siempre.

Y la segunda es que sea un animal de bellota que no sabe ni lo que es un intermitente, ni la necesidad de señalizar la maniobra ni, básicamente, el porqué de andar dando vueltas al volante o para qué sirve esa luz roja que se enciende al pisar el freno. Igual de peligroso que el anterior, pero con la excusa de que lo hace sin conocimiento, ejemplo claro del éxito de los exámenes de conducir en España.

Una posible solución pasaría por avisar a la policía, pero cuando vemos que los agentes de tráfico son los primeros en cometer la infracción, poco más nos queda que agarrarnos fuertemente al San Cristóbal.