jueves, 5 de junio de 2014

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Los perdonavidas

En más ocasiones de las que nos gustaría nos encontramos con personas a las que, hagamos lo que hagamos, parece que les debemos la vida. El problema viene cuando a esas personas las ponen de cara al público.

Todos tenemos días malos en los que maldita la gracia que nos hace estar obligados a interactuar con otras personas.  Pero cuando por motivos laborales debemos dar la cara ante los demás, tenemos que ser profesionales y guardarnos el cabreo para nosotros mismos, pues nadie tiene la culpa de nuestro malestar. Aún así, somos humanos y, como todos nos levantamos a veces con el pie cambiado, podemos ponernos en el papel del otro y perdonar.

Lo que no tiene justificación alguna es ese personaje, habitual de mostradores donde se forman colas, que día tras día es desagradable por principio con todo el mundo pero que se deshace en halagos con sus compañeros. Impresentables de doble rostro capaces de dispensar un trato vejatorio a un pobre anciano que únicamente desea entregar el borrador de Hacienda, y a la vez reír el comentario irónico y despectivo de su compañero de ventanilla hacia nuestro antecesor, al que tachan de imbécil por olvidar rellenar la casilla 35.7.4. Siniestros administrativos que demuestran su superioridad buscando con afán nuestro fallo.

Debe de ser que los que tenemos que compulsar un DNI, tramitar una transferencia, solicitar un duplicado o sellar un documento en el registro general, no merecemos de los privilegios de su sonrisa ni de su simpatía. Somos seres inferiores puestos allí para molestarles. Como decía Forges, los funcionarios saben cosas que los humanos ni sospechamos.

jueves, 29 de mayo de 2014

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El país que siempre dice sí

Por Llorente
En las encuestas callejeras, el porcentaje de los que no saben o no contestan es siempre muy bajo, independientemente de la pregunta realizada, lo que transmite la sensación de que respondemos como si supiéramos aunque no tengamos ni idea del asunto que nos plantean.

Cuando pasen muchos años, quizás más de los que nuestros nietos alcanzarán a ver, los historiadores acudirán a los sociólogos y a los psicólogos para intentar explicar el misterioso caso español, el del país que siempre decía sí.

Franco convocó dos referendos y el sí popular lo avaló en ambos. Suárez no tuvo problemas en salir elegido en las primeras elecciones y en obtener el consentimiento del pueblo español para una Constitución que ahora nadie recuerda haber votado. González obtuvo una mayoría absoluta aplastante con un programa que incluía la renuncia de España a la OTAN, lo cual no fue óbice para que poco después los mismos que lo habían votado aprobaran en referéndum su permanencia en la organización atlántica.

Por si no estaba bastante clara la sumisión popular a lo que desde el poder se le dice que tiene que votar, llegaron las consultas concernientes a la construcción europea. Nadie podía albergar duda alguna en 2005 de que los españoles ratificaríamos el Tratado Constitucional Europeo, el mismo al que franceses y holandeses se opusieron sólo tres meses después.

¿Qué pasaría si alguna vez votásemos en sentido negativo? Nada grave, supongo. Quizás se repetiría el referendo las veces necesarias hasta que cambiásemos de opinión. Pero nos quedaría la satisfacción de saber que son muchos los que, al menos, se han leído la pregunta.

jueves, 22 de mayo de 2014

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Hacerse un selfie

Lo que hasta hace poco era el autorretrato chulo y molón de toda la vida, o lo de poner la cámara encima de una piedra e ir corriendo al grupo para salir en la foto, ha sucumbido al selfie. ¿Qué esconde Satanás bajo esta nueva tendencia?

Ya hace tiempo hablábamos de cuánto valor han perdido las fotografías en todos los aspectos a causa de las cámaras digitales, móviles, etc. y ahora damos una vuelta más de tuerca con esta nueva moda. La mayoría de estos retratos consisten en primeros planos de fosas nasales distorsionadas por el angular del objetivo, catálogos de dientes, caries y sarro, y un misterio absoluto por el lugar donde se ha tomado la imagen, pues lo más lejano que vemos es una oreja o una mano apoyada en un hombro. Sin valor, pero soportable.

Cuando la situación de los selfies ya adquiere tintes dramáticos es cuando intercede la noche y el alcohol, y donde el decoro no ha sido invitado. Aquí todo se convierte en un extenso inventario de mejillas sudorosas, lenguas blanquecinas y pastosas buscando compañía y pupilas sangrientas a causa del contraste de la oscuridad del garito y el pelotazo del flash. Documentos de gran valor científico para dentistas, oftalmólogos, otorrinos e incluso antropólogos, pero que como imagen artística o recordatorio de días de vino y rosas dejan mucho que desear.

Lo de "hacedme un hueco, que aprieto el botón y voy corriendo" o lo de pedir a un desconocido que nos haga una fotografía a un grupo de amigos tiene los días contados. Es la hora de los selfies. Con sus defectos y sus ¿virtudes?.

jueves, 15 de mayo de 2014

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User, password, pines y claves

Desde que nos levantamos hasta que nos metemos en la cama, vivimos en un continuo mundo de combinaciones de cuatro cifras, guiones bajos y contraseñas. ¿Cómo parar esta maratón para las células grises capaz de desesperar al mismísimo Stephen Hawking?

El pin del móvil, la tarjeta del cajero, el código del portal, la clave del ordenador de casa, la del PC de la oficina, la de la banca por internet, el patrón de bloqueo de Android, los códigos de Dropbox, el user y pass de Apple Store y la contraseña de iCloud, Facebook o Twitter.

Si somos de los que siempre empleamos una contraseña sencilla y breve, como pepe34, no tenemos ningún futuro, pues ya las páginas nos indican que la contraseña tiene que incluir mínimo ocho dígitos, combinando letras minúsculas, mayúsculas, números y otros caracteres. Así que en una página que entramos de pascuas a ramos, nos encontramos que nuestro clásico, tradicional, infalible y sencillo método de pepe34 pasa a ser PepE_3*4$.

Entonces decidimos tomar esta nueva contraseña como fija pero, por desgracia, al intentar emplearla en otra web se nos advierte de que sólo se admiten caracteres alfanuméricos, por lo que vuelta a empezar la rueda. Y aún hay más: en ocasiones se nos pide cambiarla (por seguridad) y cuando, en un ejercicio de lógica vamos a poner la misma, que bastantes problemas tenemos ya, nos dicen que no se puede repetir una contraseña ya empleada en los últimos cien días.

Hay que darle una vuelta a esto de las claves como método de acceso. Si ya todas las páginas incluyen la opción forgot password? es que algo no anda bien en la estrategia de seguridad en internet.

jueves, 8 de mayo de 2014

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El ambientador del coche

Lejos quedaron aquellos ambientadores con forma y olor a pino que colgando del retrovisor nos quitaban la visibilidad de la mitad del parabrisas. El mundo de los perfumes del automóvil se ha echado a perder, y de qué manera...

Lo que antes era una tarea sencilla como hacer que el coche oliese a pino y camuflase el olor del cenicero desbordado de colillas, hoy día se ha transformado en una toma de decisión tan complicada como elegir la guardería de un hijo o hacerse una vasectomía. Uno va buscando el abeto de toda la vida y se topa con la cruda realidad: los ambientadores ya no cuelgan del espejo ni se balancean. Desde hace tiempo van incrustados en las salidas de aire y tienen fragancias de lo más extraño.

Lluvia de verano, brisa marina, frescor de ropa limpia, manzana dulce y canela especiada, jazmín exquisito y perla australiana, paseo al borde del mar... todo un mundo aromático por descubrir. Uno especialmente interesante es el llamado "Dama de noche". ¿Cómo huele eso? Porque hay damas y hay noches. ¿Huele a Brigitte Bardot en sus mejores años compartiendo con nosotros un daikiri en la Costa Azul, o huele a Belén Esteban en un motel de Bujaraloz comiendo un kebab?

Lirio del Amazonas, selva tropical.... los que no hemos ido a Venezuela ¿cómo sabemos que no nos están haciendo el lío, y en lugar del lirio el perfume es de gardenia? En estas cosas se ve la confianza que transmite al producto un buen prescriptor, como De la Quadra Salcedo.

Yo no sé para que se complican tanto la vida cuando, lejos de tanta frescura y exotismo, todos buscamos el perfume que el que lo invente se forra: ambientador con olor a coche nuevo.

jueves, 1 de mayo de 2014

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El botón del warning

El botón del warning es esa teclita del coche, generalmente de color rojo, con un triángulo en el centro, que se emplea para cometer infracciones de todo tipo y confiar en que nadie se sienta molesto, pues hemos señalizado nuestro egoísmo.

Para aquellos que en su currículo figure un nivel medio de inglés conviene aclarar que el término sajón warning significa sencillamente Advertencia o Aviso. Pongo las cuatro luces intermitentes para avisar de que he pinchado y estoy en la cuneta. Aprieto el botón porque el coche se ha parado y no puedo arrancar. Pulso la tecla del triángulo rojo porque ha habido un accidente y estamos realizando una frenada de emergencia; advertimos de un posible peligro. Y hasta aquí la teoría.

La realidad es mucho más sencilla. Muchos conductores entienden que esa advertencia se basa en indicar que van a aparcar donde les salga de las narices. Nos avisan de que se van a hacer invisibles, de que aunque crucen el coche en medio de una autopista y se pongan a hablar por teléfono no molestan, porque han pulsado el warning. Es muy habitual ver un hueco para estacionar y encontrar un coche tapando ese hueco, con las lucecitas puestas, el habitáculo vacío, y el dueño tomando una cervecita en la terraza del bar. O montar un bonito espectáculo de luces a cargo de los todo terrenos de las madres, que charlan en la puerta del colegio, mientras el resto de conductores vemos como, por arte de magia, tres carriles para circular se han reducido a uno. 

Yo no entiendo como hay gente que busca huecos para aparcar a la hora de sacar dinero de un cajero, al ir a dejar un traje en la tintorería, al comprar en el supermercado... incluso hay trastornados que se van a cenar a un restaurante...y meten el utilitario en un parking. Qué manera de tirar el dinero... ¿es que no tienen boton de warning?

jueves, 24 de abril de 2014

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La profesión va por dentro

Uno mira a su alrededor, ve lo que estudió y lo que estudiaron los amigos, familiares y compañeros de trabajo, y se plantea serias dudas acerca del sistema educativo de hace ya unos cuantos años y del sistema laboral de no hace tantos.

Arquitectos dando clases particulares de dibujo técnico, licenciados en Filosofía atendiendo llamadas en una plataforma telefónica de atención al cliente, periodistas con matrícula de honor sacando la cartilla del taxi, psicólogos haciendo fotos de bodas y comuniones, ingenieros deportados al norte de Europa o Canadá, filólogos ejerciendo de profesores en una academia de inglés a seis euros la hora, titulados en Farmacia trabajando de mancebos repartiendo medicamentos a lomos de un ciclomotor... Y estos los que tienen trabajo. La procesión tal vez, pero la profesión en muchos casos sí va por dentro. Y se deja ver bastante poco.

¿Cuánta gente cercana a nosotros trabaja en aquello para lo que fue formado académicamente? Poca. Y, obviamente, al trabajar en algo distinto a lo visto en la facultad, nunca se va a adquirir experiencia en lo estudiado, y sin experiencia nadie nos va a contratar. Así que, sin casi darnos cuenta, nos encontramos montados en una espiral que cada vez gira más rápido, y para cuando nos queramos preguntar eso de "¿pero qué hago yo aquí subido?" nos habrán bajado a la fuerza y tocará eso tan manido ahora de reinventarse, eufemismo de buscarse la vida por otros derroteros.

Yo siempre había oído que lo que se haga entre los treinta y los cuarenta años será lo que se haga toda la vida, pero a esta frase también le ha llegado la hora de reinventarse.

jueves, 17 de abril de 2014

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Animales ¿de compañía?

De toda la vida, la gente que deseaba compartir su existencia con una mascota, manteniendo una relación de aprendizaje mutuo, apostaba por un perro. Pero llevamos una racha, larga, en la que por la calle se ven bichos rarísimos, y al final de la cuerda, un dueño aun más extraño.
Hasta no hace mucho, la cadena de demanda de los animales era muy sencilla: Si hay varios
miembros en la familia o si se es muy sacrificado, se tiene un perro; si se es muy independiente, un gato; y si apenas pisamos por casa, un acuario con peces, un jilguero o una tortuga. Pero eso de compartir un piso en la ciudad con una oca, con un hurón, con serpientes, con nutrias o con un pavo real es, cuando menos, preocupante. ¿Qué sobra o qué falta en las cabezas de sus dueños?

Yo no sé si es un complejo de inferioridad que se quiere paliar a base de buscar una exclusividad mal entendida, como los que llaman a sus hijos Thais, Eros o Lluvia y se apellidan García o Pérez, pero desde luego que convivir en un piso de setenta metros con un cerdo vietnamita no puede traer nada bueno. Los cerdos en España son ibéricos y están en la dehesa extremeña, comiendo bellotas y revolcándose en el fango, que es su naturaleza. De los vietnamitas desconozco su hábitat, pero solo por el nombre y su gentilicio seguro que no está en un cuarto piso interior de la Gran Vía madrileña.

Iguanas, tarántulas, boas, serpientes de cascabel, musarañas, lémures castrados... confiemos en que Dios no tenga el mismo criterio que Noé y sea más exigente con los amos que con los animales, dejando a algunos de los primeros en la estacada si llega el momento de la selección.

jueves, 10 de abril de 2014

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Bodrios del cine español

Curioso el revuelo que se ha formado en torno al éxito de la película Ocho apellidos vascos. Y es que el cine español lleva tantos años pariendo bodrios, que al país de los ciegos, por fin, ha llegado el tuerto. 
Quien haya sufrido la hez Los amantes pasajeros sabe perfectamente a qué nivel de bajeza y zafiedad puede llegar a caer el cine español. No se puede ir más allá en el mundo de lo burdo, lo absurdo, lo soez y lo insultante. Y así pasa, que nos hemos ido dejando llevar por caprichitos sin sentido de progres iluminados y cuando vemos algo soportable o entretenido salimos con una sensación prácticamente olvidada, si no desconocida.

Fantasías de rebeldes sin causa, subvenciones con ojos cerrados a todo aquello que ridiculice cualquier valor tradicional o nacional, intentos penosos de acercamiento (a años luz) a la nouvelle vague francesa o al free cinema británico... el cine español puede colgar de cualquier Ministerio, siendo el menos recomendable el de Cultura, pues poco tiene que ver con esta.

Que la obra Ocho apellidos vascos esté arrasando en las salas debería avergonzar a todos esos pseudo artistas que buscan la contribución ajena para llevar a cabo sus quimeras sobre guerras civiles ganadas por el bando opuesto, relaciones tormentosas entre travestis que se enrollan con su madre, que quería ser torera, y todos esos enrevesados embrollos que tanto gustan a un grupillo minúsculo que pasea por la vida con los Cahiers du cinema debajo del brazo sin haber llegado a la página tres.

Ojalá esto sea la espoleta para que los mecenazgos indiscriminados lleguen a su fin y el dinero vaya a mentes más creativas que buscan la finalidad principal del cine: entretener y disfrutar.

jueves, 3 de abril de 2014

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Los niños viejos

Nada más alegre que ver a un niño jugar con sus amigos, haciendo las gamberradas propias de la edad. Y nada más triste que ver a unos niños de siete años vestidos con chalecos de lentejuelas, bailando a ritmo de bachata en televisión por arte y gracia de unos padres que deberían ser encerrados a cadena perpetua.

De acuerdo que un niño no tiene porqué ir por la vida con las rodillas peladas, el pelo revuelto y el tirachinas colgando del bolsillo trasero. Pero de ahí a que niños con edades de una sola cifra luzcan el pelo engominado, zapatos de tacón cubano, pantalones de pata de gallo y bailen salsa con una sensualidad y provocación que no corresponde en absoluto a su edad, hay un paso muy grande. Y muy peligroso.

Son niños que pasan de puntillas por la infancia, viejos antes de recibir la Primera Comunión. Que les educan en la competición malsana. Proyecciones artificiales de unos padres que deberían dejar que sus hijos se batan el cobre jugando al balón o al truque en lugar de pasearlos por platós de televisión al son de valses vieneses, de melancólicos tangos o de aburridos corridos mejicanos, vestidos como Zapata o Pancho Villa.

Mientras los infantes representan un papel que en absoluto se corresponde con su edad, los padres, en una posición privilegiada entre el público, ven emocionados como en un abrir y cerrar de ojos sus hijos han obtenido los defectos de los adultos sin ninguna de sus virtudes.

Los niños con niños, haciendo juegos propios de su edad. Y los adultos, que se preocupen por que los primeros coman, se rían y duerman de un tirón. Que por suerte o por desgracia el tiempo ya les enseñará que la vida es un tango y que hay que saber bailarlo.