jueves, 4 de septiembre de 2014

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Bajar a comprar al chino

Las tiendas de conveniencia de los chinos se abren paso con un modelo de negocio sobre el que el Ministerio de Sanidad y Consumo podría tomar buena nota. En la mayoría de los casos se permiten determinadas licencias por las que un negocio nacional sería rápidamente clausurado.

La oscuridad: salvo para tratar de esconder la suciedad, no es de recibo que estos locales funcionen en penumbra, con un fluorescente parpadeante a causa de un cebador a punto de sucumbir.
El calor: los congeladores se mantienen en el mínimo y el resto de los productos se nutren del calor que mueve un ventilador. La cadena del frío es un término desconocido por completo y comprar una botella de leche o media docena de huevos es toda una invitación a protagonizar las esquelas del próximo domingo.
Los escaparates: Muy en la filosofía china basada en el enigma y el misterio, desde fuera es imposible ver qué se esconde tras sus cristales. Para ello, lejos de invertir en persianas o estores, su solución es pegar cartones de cajas de chucherías o futos secos, permitiendo que estos se decoloren por el sol, aportando una pátina de cutrez añadida.
La falta de escrúpulos: no tienen ningún reparo en vender alcohol, cigarrillos sueltos o papel de liar a menores, siempre y cuando estos lleven una mochila o algún doble fondo donde esconder la mercancía.
La desconfianza: para estos mercaderes orientales, todo el que entra en su establecimiento, lejos de ser un cliente, es un delincuente en potencia. Cuando no están mirando una película en mandarín o cantonés, su pasatiempo favorito consiste en seguir nuestro reflejo en los espejos que tienen ubicados a lo largo y ancho del negocio, buscando y deseando nuestro intento de delito.

Cierto es que en más de una ocasión nos salvan de un apuro, pero la conveniencia y disposición de estos establecimientos no debe ser patente de corso que permita bordear la línea de la salubridad y el respeto al cliente.

jueves, 10 de julio de 2014

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Vacaciones de verano

Después de más de dos años sin faltar un solo jueves (o miércoles cuando el día siguiente era festivo) al trabajo, el encargao ha decidido que ha llegado el momento de tomarse unas vacaciones y cerrar el chiringuito hasta el próximo jueves cuatro de septiembre. Así que aprovechamos para coger la toalla robada del hotel Solymar, el bote azul de Nivea, el traje de baño fardahuevos, la camiseta sin mangas de Benidorm ´87, los prismáticos para curiosear a las chavalas, el transistor Sanyo y, merecidamente o no, descansar una buena temporada.

Hasta ahora han sido 116 publicaciones, 659 comentarios y más de 43.000 visitas. Muchas gracias a todos los que habéis seguido el blog hasta hoy y, aunque estas vacaciones harán que muchos de los lectores se queden por el camino y los perdamos debido al parón estival, confío en que otros muchos permanezcan y sean fieles a la cita de septiembre, donde pondremos sobre el blog nuevas reflexiones sobre nuestras vivencias y costumbres.

¡¡Feliz verano, amigos!!

jueves, 3 de julio de 2014

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Usnavy de todos los santos

Si hay nombres curiosos, esos son los de los habitantes de determinados países de América del Sur. Lo de "aquí vale todo" cobra su máximo esplendor en la imaginación y el delirio de algunos padres, que habría que ver hasta qué punto son justos merecedores de ese título.

Hace ya tiempo, en la entrada donde dije digo, digo Kevin, ya vimos las excentricidades en los nombres que algunos españoles ponemos a nuestros hijos, pero los Brais, Jessicas, Lluvias y Edgards quedan totalmente eclipsados ante algunas joyas de Hispanoamérica.

Cubanas que llamaron a su retoño Usnavy como homenaje a aquella tórrida relación con un marine de Cleveland previa a la llegada de Castro al poder; Usmail por aquellos matasellos en las románticas cartas que iban de norte a sur del continente; colombianas aficionadas al mundo presidencial norteamericano entregadas a nombres para sus pequeños como Jefferson, Washington, Lincoln y demás; fanáticas de las serie Dinastía que encontraron el paraíso onomástico en Asfalón  por aquello de los créditos iniciales donde se leía "Pamela Sue Martin as Fallon Carrington Colby", y tantos otros delirios.

En este artículo de la BBC, muy recomendable, se citan muchos más ejemplos, como Dansisy (por Dance easy), Dayesi ("sí" en ruso, inglés y español) u Odlainer (Reinaldo al revés). Todo un muestrario de despropósitos al que ya en 2007 se planteó poner límite en Venezuela y reducirlo a una lista de cien nombres, bajo un motivo totalmente lógico: frenar la desbocada creatividad que muchos padres evidencian a la hora de escoger y registrar el nombre de sus hijos. 

Como todo, en el punto medio está la virtud. Ni el santo del día, fuese cual fuese, o los reyes godos, pero tampoco estos derroches de imaginación. Ni calvo ni tres pelucas.

jueves, 26 de junio de 2014

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Invitaciones a bodas

Pocas cosas hay que rompan más la economía familiar que una invitación a una boda. Cualquier presupuesto, por holgado que sea, se viene abajo ante la presencia del horrendo sobrecito blanco. Qué tendrán las bodas, que siempre llegan en el peor momento para nuestro bolsillo.

Invitar a alguien a una boda es hacerle un roto, lo queramos o no. Y un compromiso, nunca mejor dicho. Cortes de pelo, gemelos, alquiler de chaqué, zapatos, permanentes, maquillajes, bolsitos a juego, complementos, alojamiento, peajes, gasolina, desayunos, etc. Todo ello sumado a la broma del regalo, deja cualquier cuenta tiritando, por muy saneada que esté.

Cuando uno recibe una invitación de boda ya se plantea si el que se la ha enviado es o no un amigo, porque alguien a quien te une una amistad no hace faenas así. Un colega nos llama para hacer una mudanza, para ir a ver un coche de segunda mano, para compartir unas entradas de un sorteo, para hacer de apoyo en una fiesta a la que se va por compromiso... pero no manda una especie de telegrama con un papel, un número de cuenta y un mapa que explica cómo llegar al otro extremo de la península para verle.

Un verdadero amigo te dice "tío, que sepas que me caso, pero no te voy a hacer la faena de venir". Y entre los dos se inventan un falso enfado que justifique la ausencia,  que dura desde un mes antes de la boda hasta un mes después. Luego la amistad continúa, y el dinero del viaje, del regalo y del chaqué acaba donde tiene que ir: a los billares y al abono del fútbol. Con los amigos.

Y es que eso de "al enemigo ni agua" ha quedado obsoleto. Lo correcto debería ser "al enemigo, invitación de boda".

miércoles, 18 de junio de 2014

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Los místicos en Facebook

La libertad de expresión tiene ventajas e inconvenientes. Facebook, como canal de comunicación que es, también presume de ella. Hay comentarios sublimes en tres palabras y aburridas disertaciones sin el más mínimo interés. Y hay una tercera vía: los místicos.

Los místicos son esos habituales de las redes sociales que, sin venir a cuento, comparten en su muro perlas del suspense dignas de Agatha Christie, tales como "Sabía que iba a ocurrir" o "No puedo más". El primer instinto de alguien normal que ve un comentario así es preguntar qué ha pasado y preocuparse por la integridad del enigmático comentarista. La respuesta habitual, pública, suele ser algo como "nada, que voy a matar a alguien" o "la vida es un puto asco".

Ante semejantes explicaciones uno queda perplejo, ya que se encuentra en la misma situación de incógnita, con el añadido del tiempo perdido esperando entablar un diálogo que saque de la situación de desamparo al primero, y de preocupación al segundo. Poner comentarios así denotan un egoísmo muy grande, pues provocan la implicación de los demás para posteriormente obtener una respuesta ridícula, y no está el tiempo para perderlo.

"Hasta aquí hemos llegado". Otra frase muy habitual en los muros creados por Zuckerberg. Una publicación así en Facebook solo cobra sentido si va acompañada de una foto de quien la ha escrito, con un Astra 38 especial apuntando a su propia sien. Ahí sí queda claro de qué va la fiesta, y cómo va a acabar. Entonces sí podemos preocuparnos por nuestro amigo. Incluso, en un alarde de amistad, en lugar de poner un comentario desanimándole a seguir adelante con el proyecto, podemos mandarle un whatsapp.

Hay que acabar con estos místicos. Ya lo dice el gran @norcoreano en twitter: "Como pacifista convencido que soy, prohibí la libertad de expresión para que la gente no discutiese."

jueves, 12 de junio de 2014

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Las apps de nuestros abuelos

Aunque los años pasen, y con ellos las tendencias, usos y modas, otras cosas siguen imperturbables aunque ahora vayan camfuladas en apps para nuestro teléfono listillo.

De siempre hemos comentado las extrañas costumbres de nuestros padres y abuelos, como lo de ir al banco a poner al día la cartilla cada dos por tres, para asegurarse de que no había habido un corralito o que las 37,50 pesetas seguían estando allí, igual que el lunes y el martes. ¿Cuántas veces entramos en la app de nuestra entidad financiera para comprobar si nos han ingresado el dinero de nuestra última devolución de Amazon, o ver si nos han cobrado ya el seguro del coche y que se corresponde con lo indicado en la carta de renovación? No tenemos más que mirar cualquier móvil a nuestro alrededor para ver lo rápido que ubicamos la aplicación de ING, Santander, Openbank y demás.

Otra costumbre de nuestros padres y abuelos era la de asomarse al buzón cada vez que pisaban el portal, no sea que hubiese venido Miguel Strogoff con una importante misiva del Zar, o un giro del Pony Express con los beneficios de nuestras minas de oro de San Francisco. Pasaron las décadas y ahí estamos nosotros, con nuestro "push mail". No nos vale que el teléfono compruebe el correo cada quince o treinta minutos. Tiene que ser push. Que al segundo de recibirlo, salte una notificación. No podemos perder la promoción del 15% de descuento en Cortefiel online o la semana de la electrónica en Carrefour.

Otro momento de máximo respeto y silencio era cuando "daban el tiempo": Mariano Medina era Dios en la Tierra. Más que Juan Pablo II. Vaya tontería para nosotros preocuparse por la marejada de variable fuerza seis arreciando a fuerte marejada en las costas gallegas. Pero ahora una de las aplicaciones estrella en nuestro smartphone es la del tiempo meteorológico, con todo tipo de gráficos, máximas y mínimas y la posibilidad de registrar veinte poblaciones a la vez.

Cambia el soporte, pero no la costumbre. Disfrazados bajo otra piel, somos igual que generaciones anteriores. Para bien o para mal. O para ambas.

jueves, 5 de junio de 2014

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Los perdonavidas

En más ocasiones de las que nos gustaría nos encontramos con personas a las que, hagamos lo que hagamos, parece que les debemos la vida. El problema viene cuando a esas personas las ponen de cara al público.

Todos tenemos días malos en los que maldita la gracia que nos hace estar obligados a interactuar con otras personas.  Pero cuando por motivos laborales debemos dar la cara ante los demás, tenemos que ser profesionales y guardarnos el cabreo para nosotros mismos, pues nadie tiene la culpa de nuestro malestar. Aún así, somos humanos y, como todos nos levantamos a veces con el pie cambiado, podemos ponernos en el papel del otro y perdonar.

Lo que no tiene justificación alguna es ese personaje, habitual de mostradores donde se forman colas, que día tras día es desagradable por principio con todo el mundo pero que se deshace en halagos con sus compañeros. Impresentables de doble rostro capaces de dispensar un trato vejatorio a un pobre anciano que únicamente desea entregar el borrador de Hacienda, y a la vez reír el comentario irónico y despectivo de su compañero de ventanilla hacia nuestro antecesor, al que tachan de imbécil por olvidar rellenar la casilla 35.7.4. Siniestros administrativos que demuestran su superioridad buscando con afán nuestro fallo.

Debe de ser que los que tenemos que compulsar un DNI, tramitar una transferencia, solicitar un duplicado o sellar un documento en el registro general, no merecemos de los privilegios de su sonrisa ni de su simpatía. Somos seres inferiores puestos allí para molestarles. Como decía Forges, los funcionarios saben cosas que los humanos ni sospechamos.

jueves, 29 de mayo de 2014

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El país que siempre dice sí

Por Llorente
En las encuestas callejeras, el porcentaje de los que no saben o no contestan es siempre muy bajo, independientemente de la pregunta realizada, lo que transmite la sensación de que respondemos como si supiéramos aunque no tengamos ni idea del asunto que nos plantean.

Cuando pasen muchos años, quizás más de los que nuestros nietos alcanzarán a ver, los historiadores acudirán a los sociólogos y a los psicólogos para intentar explicar el misterioso caso español, el del país que siempre decía sí.

Franco convocó dos referendos y el sí popular lo avaló en ambos. Suárez no tuvo problemas en salir elegido en las primeras elecciones y en obtener el consentimiento del pueblo español para una Constitución que ahora nadie recuerda haber votado. González obtuvo una mayoría absoluta aplastante con un programa que incluía la renuncia de España a la OTAN, lo cual no fue óbice para que poco después los mismos que lo habían votado aprobaran en referéndum su permanencia en la organización atlántica.

Por si no estaba bastante clara la sumisión popular a lo que desde el poder se le dice que tiene que votar, llegaron las consultas concernientes a la construcción europea. Nadie podía albergar duda alguna en 2005 de que los españoles ratificaríamos el Tratado Constitucional Europeo, el mismo al que franceses y holandeses se opusieron sólo tres meses después.

¿Qué pasaría si alguna vez votásemos en sentido negativo? Nada grave, supongo. Quizás se repetiría el referendo las veces necesarias hasta que cambiásemos de opinión. Pero nos quedaría la satisfacción de saber que son muchos los que, al menos, se han leído la pregunta.

jueves, 22 de mayo de 2014

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Hacerse un selfie

Lo que hasta hace poco era el autorretrato chulo y molón de toda la vida, o lo de poner la cámara encima de una piedra e ir corriendo al grupo para salir en la foto, ha sucumbido al selfie. ¿Qué esconde Satanás bajo esta nueva tendencia?

Ya hace tiempo hablábamos de cuánto valor han perdido las fotografías en todos los aspectos a causa de las cámaras digitales, móviles, etc. y ahora damos una vuelta más de tuerca con esta nueva moda. La mayoría de estos retratos consisten en primeros planos de fosas nasales distorsionadas por el angular del objetivo, catálogos de dientes, caries y sarro, y un misterio absoluto por el lugar donde se ha tomado la imagen, pues lo más lejano que vemos es una oreja o una mano apoyada en un hombro. Sin valor, pero soportable.

Cuando la situación de los selfies ya adquiere tintes dramáticos es cuando intercede la noche y el alcohol, y donde el decoro no ha sido invitado. Aquí todo se convierte en un extenso inventario de mejillas sudorosas, lenguas blanquecinas y pastosas buscando compañía y pupilas sangrientas a causa del contraste de la oscuridad del garito y el pelotazo del flash. Documentos de gran valor científico para dentistas, oftalmólogos, otorrinos e incluso antropólogos, pero que como imagen artística o recordatorio de días de vino y rosas dejan mucho que desear.

Lo de "hacedme un hueco, que aprieto el botón y voy corriendo" o lo de pedir a un desconocido que nos haga una fotografía a un grupo de amigos tiene los días contados. Es la hora de los selfies. Con sus defectos y sus ¿virtudes?.

jueves, 15 de mayo de 2014

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User, password, pines y claves

Desde que nos levantamos hasta que nos metemos en la cama, vivimos en un continuo mundo de combinaciones de cuatro cifras, guiones bajos y contraseñas. ¿Cómo parar esta maratón para las células grises capaz de desesperar al mismísimo Stephen Hawking?

El pin del móvil, la tarjeta del cajero, el código del portal, la clave del ordenador de casa, la del PC de la oficina, la de la banca por internet, el patrón de bloqueo de Android, los códigos de Dropbox, el user y pass de Apple Store y la contraseña de iCloud, Facebook o Twitter.

Si somos de los que siempre empleamos una contraseña sencilla y breve, como pepe34, no tenemos ningún futuro, pues ya las páginas nos indican que la contraseña tiene que incluir mínimo ocho dígitos, combinando letras minúsculas, mayúsculas, números y otros caracteres. Así que en una página que entramos de pascuas a ramos, nos encontramos que nuestro clásico, tradicional, infalible y sencillo método de pepe34 pasa a ser PepE_3*4$.

Entonces decidimos tomar esta nueva contraseña como fija pero, por desgracia, al intentar emplearla en otra web se nos advierte de que sólo se admiten caracteres alfanuméricos, por lo que vuelta a empezar la rueda. Y aún hay más: en ocasiones se nos pide cambiarla (por seguridad) y cuando, en un ejercicio de lógica vamos a poner la misma, que bastantes problemas tenemos ya, nos dicen que no se puede repetir una contraseña ya empleada en los últimos cien días.

Hay que darle una vuelta a esto de las claves como método de acceso. Si ya todas las páginas incluyen la opción forgot password? es que algo no anda bien en la estrategia de seguridad en internet.