jueves, 11 de diciembre de 2014

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No vine aquí a hacer amigos

Todos hemos tenido alguna vez que sufrir a ese compañero de trabajo que actúa como si entre sus obligaciones estuviesen amargar el día a los demás y esconder cualquier atisbo de amabilidad. En ocasiones, este tipo de sujetos justifica su actitud sentenciando contundentemente: “no estoy aquí para hacer amigos”.

Reflexionando acerca de tal aserción, no puedo más que concluir que se trata de una soberana estupidez. Al fin y al cabo, ¿a qué sitios va uno exclusivamente a hacer amigos, cuando estos van surgiendo por la vida en las circunstancias más insospechadas? Si haciendo un ejercicio de imaginación, borramos de nuestras vidas a los amigos que nos hemos ido encontrando en los distintos trabajos por los que hemos pasado, veremos que el vacío que dejan es inmenso. Aún más: si eliminamos todas las amistades surgidas en lugares en los que no las buscábamos, veremos que nos quedamos más solos que la una, porque prácticamente a ningún sitio acudimos con esa finalidad. No vamos al colegio ni a la facultad a conocer gente, sino a estudiar. A la mili, los que fuimos, por obligación. A nuestra casa, a residir, no a tener vecinos. Y así con casi todo. De hecho, tampoco la gente suele encontrar a su pareja en circunstancias a las que ha acudido expresamente a buscarla, con la excepción de caravanas de mujeres o empresas de contactos que se dedican a ello. 

Supongo que si a estas personas se les ofrece una oferta millonaria en horario laboral, renunciarán a ella alegando que no han ido allí para hacerse ricos. O cuando en cualquier evento conozcan a la posible mujer de su vida, renunciarán a ella, puesto que no han ido allí a buscar pareja.

Aconsejo al lector, si lo hubiera, que en caso de toparse con uno de estos amargados antisociales, imprima este texto en una cartulina, la enrolle alrededor del palo de la escoba y le sacuda con él en la cabeza al individuo en cuestión.
Llorente

jueves, 4 de diciembre de 2014

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Cuerpos a la carta

Malo es no aceptar la edad y querer entrar en la sextena a base de liftings, borrados de papada, marcado de pómulos o turgencias de senos, pero cuando estas operaciones se convierten en regalos para los adolescentes, la situación comienza  a ser grave.

Seamos francos: vivimos en un mundo donde la imagen es muy importante, y lo de ir rechazando cánones de belleza apostando por el intelecto es muy loable aunque, de momento, no vaya a llegar a buen puerto. Solucionar un problema de celulitis o un exceso o defecto de pecho de un modo rápido, efectivo y seguro, sin duda es un avance y, como tal, es positivo.

Pero una cosa es emplear estas técnicas en adultos y otra muy distinta es que niñas de dieciséis años pidan como regalo de reyes un aumento de senos o una liposucción sin haber pasado siquiera por el esfuerzo de una dieta prolongada combinada con un poco de ejercicio. Y peor aun, que el deseo de la chavala sea satisfecho por sus padres, menospreciando los riesgos de una anestesia y una intervención quirúrgica.
 
Operar las orejas de una niña y que al día siguiente pueda callar muchas bocas en el colegio y lucir una trenza es algo positivo. Pero que adolescentes quieran cuerpos de 25 y acaben pareciendo chicas de club de carretera, o que señoras de sesenta, también en búsqueda de la eterna juventud, acaben con labios como los del pato Lucas no es bueno.

Cada vez es más habitual en las consultas de los cirujanos plásticos eso de Doctor, tengo 300 euros. ¿Qué me puede hacer con eso? Ahí ya no hablamos de un trauma, de una necesidad o de sentirse mejor físicamente. Hablamos de un problema de no aceptación de nuestro cuerpo, por lo que estos profesionales, si lo son, deberían derivar a sus pacientes a otro tipo de especialistas en lugar de ser cómplices de nuestras inseguridades.

jueves, 27 de noviembre de 2014

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¿Será creíble tanto increíble?

Hay palabras y expresiones que actúan como el chapapote en las costas: se extienden imparablemente y cuando llegan es para quedarse pegadas de forma empalagosa.

Memeces como decir “te lo compro” para aceptar un argumento del contrario o usar “demagogo” como recurso para desprestigiar al que recurre al comentario fácil son ya lugares comunes entre esos tertulianos omnipresentes que podemos ver a cualquier hora del día, en diferentes programas y en casi todos los canales de televisión.

Pero si tuviésemos que apostar por un término que va a aparecer en cualquier entrevista, noticia o presentación, ese es “increíble”. Hoy todo es increíble. El desbordamiento de un río es increíble; un buen concierto es increíble; el dinero pagado por un artículo en una subasta es increíble; la trayectoria profesional de un gran talento ya no es brillante, es increíble. Parece que el escepticismo hubiese triunfado como doctrina filosófica, manual de vida y guía espiritual de los hispanoparlantes.


Hace poco pude ver cómo el mensaje del futbolista inglés Wayne Rooney, que literalmente escribió “it was great to win today”, era traducido como “fue increíble ganar hoy”. No, no es que su equipo jugase tan mal que ni él mismo diese crédito al resultado con victoria final por 1-0; se refería a que fue fantástico, maravilloso, bonito, precioso, grandioso, genial y formidable haber ganado el partido en el que celebraba sus cien internacionalidades con su selección. Es sólo un ejemplo más del uso indiscriminado y machacante de la palabrita de marras, que incluso parece estar superando al empleo de “histórico”, que nos hace pensar que vivimos en la época más histórica de la Historia, o al de “fascista”, el preferido de los políticos para insultarse entre ellos sin importar si el destinatario es miembro de la extrema izquierda o un rico capitalista.


Yo, personalmente, no soy tan crédulo como para creer que viva rodeado de tanto increíble. Observando con detenimiento a mis coetáneos, no veo tanto histórico, ni tanto fascista, ni tanto increíble.
Llorente

jueves, 20 de noviembre de 2014

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La marca azul del whatsapp

Visto el revuelo montado a raíz de la supuesta falta de intimidad por el nuevo icono del Whatsapp que permite a los demás saber si hemos leído su mensaje, cabe preguntarse si se nos está yendo de las manos el asunto de la privacidad. ¿Tan importante es ocultar que hemos visto o leído un mensaje?

Whatsapp se ha tenido que poner las pilas ante la avalancha de críticas y ha preparado una actualización para que este supuesto intrusismo llegue a su fin, que es como pedirle a Iberdrola que invente algo para que no se vea la luz cuando entremos en casa, o que los coches lleven todas las lunas tintadas, no sea que algún peatón nos reconozca. Si tanto valoramos vivir en ese mundo de misterio, enigmas e interrogantes es que algo falla en nuestra asertividad o en la legalidad de nuestros actos.

Buscamos continuamente nuevos medios de intercomunicación y demandamos inmediatez en los mismos, pero cuando los tenemos ¿qué pasa? Exigimos indignados a Whatsapp privacidad para que nadie sepa si hemos leído un mensaje o a qué hora nos hemos conectado por última vez, y al mismo tiempo subimos una foto de perfil donde nuestra pose, vestuario y gestos nos ubican en ocasiones en el primer peldaño de la escala evolutiva. Si en algunas fotos de perfil ya nos planteamos la catadura de de determinados personajes, estos suelen adjuntar en su estado una frase metafísica, en ocasiones en un inglés mal redactado, que despeja cualquier duda.

La marca azul sirve para lo principal: el mensaje ha llegado y ha sido leído. La útima hora de conexión sirve para lo principal: hace x minutos la persona estaba viva. Esta información, sobre todo la segunda, multiplica las posibilidades de ser respondidos. Seamos más benevolentes con la herramienta creada por  Jan Koum. Aunque solo sea por esos momentos en los que nos permite felicitar un cumpleaños obligado a alguien con quien no tenemos ningún interés en hablar.

jueves, 13 de noviembre de 2014

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El melómano hostigado

Si no fuese porque sería terrible vivir sin música, hace tiempo que las industrias del sector hubiesen acabado con ella. Antes incluso de que el contrabando contase con el formidable recurso de Internet. Porque resulta difícil encontrar un cliente tan maltratado por los prestatarios de los servicios que paga como el aficionado a la música.
Por si no fuese bastante con el mareo de los cambios de formato, las discográficas decidieron incluir bonus tracks en algunos de ellos pensando, no sé muy bien por qué, que el comprador de un CD tenía derecho a más canciones que el de un vinilo. Años después, cuando el vinilo estaba defenestrado, resulta que era a este último al que se le regalaban un par de temillas que aquel, piensan, no tiene por qué disfrutar. Y cuando parecía que la cosa no podía complicarse más, aparecen discos en exclusiva en ¡iTunes! Despiadado. Retorcido y despiadado.

Tampoco el espectador de la música en vivo está libre de la persecución. No hace muchos años, sacar una cámara fotográfica en un concierto (si no te la habían quitado en el cacheo de la puerta) era más osado que sacar un Colt 45 en un acto del Rey. Lo menos que te podía pasar era que un gorila te rompiese la muñeca al arrebatártela. La proliferación de móviles con cámara convirtió esa prohibición en inaplicable y ¡oh, milagro! resulta que no pasa absolutamente nada, y hasta los artistas comparten las fotos que sus fans les hacen durante sus actuaciones en las redes sociales. ¿A qué venía, entonces, esa manía? A las meras ganas de maltratar al aficionado.

Pero ese pequeño logro del melómano no podía quedar sin respuesta por parte de las promotoras: subida brutal de los precios de las entradas, que cuando ya parecían haber tocado techo han visto aparecer unos eurillos más de “gastos de gestión” que son como la chicuela del mus,  y sustitución de la bonita entrada que uno podía guardar como recuerdo por un tique que parece el de la compra del Carrefour.

Y me falta mencionar el abuso de la industria discográfica hacia el artista, que es el currante que da vida a todo esto. Por no alargarme más, lo resumiré con la respuesta del músico José Ignacio Lapido cuando le preguntaron qué recomendaría a un joven que inicia su carrera musical: lo primero de todo, antes incluso que aprender a tocar un instrumento, que se busque un buen abogado.

Llorente

jueves, 6 de noviembre de 2014

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Usado siempre por chica

En el mundo de la venta de segunda mano se emplean todo tipo de estrategias. Una muy habitual a la hora de intentar vender un vehículo es la famosa frase de Usado por chica, lo cual parece ser sinómino de garantía y de buen estado.

¿Qué beneficios se supone que tiene un vehículo que haya sido conducido por una mujer? ¿Por qué parece que el coche va a estar mejor que si pusiese usado siempre por mecánico? Si es de mujer nos da confianza, si es de un fulano de un taller creemos que se va a caer a trozos. Ya puestos a entrar en estos tópicos, ¿no es el hombre quien generalmente cuida del coche?

Si eso es un argumento de venta, hay que intrepretar que los hombres somos unos quemados y cuando vendemos un automóvil es porque tras una vida miserable de derrapes, trompos, kunda habitual de los poblados gitanos, tirones de bolsos y carreras por el carril contrario en la carretera de La Coruña,  ha llegado el momento de darle finiquito antes de que parta en dos. O que las mujeres son unas expertas en el uso y disfrute de los motores de combustión interna, con un preciso dominio de la admisión, compresión, expansión y escape, de los árboles de levas, taqués y tapas de balancines y que los cambios de aceite no los hacen con un vulgar Castrol, Esso o Mobil, sino que emplean oliva virgen extra aromatizado con trufa negra condimentado con albahaca.

Si lo que se pretende es publicitar que el coche está muy cuidado, que vean a mi vecina cuando en los despiadados amaneceres del invierno madrileño, a dos grados bajo cero, arranca el coche y le saluda con cuatro acelerones de seis mil revoluciones cada uno mientras este se retuerce y aprieta los dientes, porque según ella "así ya sale en caliente y no da tirones".

Ni hombres ni mujeres. Hay personas cuidadas y descuidadas, independientemente de su sexo y de los años de carné. Lo que es seguro es que en el coche de mi vecina, en poco tiempo veremos en sus ventanillas eso tan emocional y socorrido de me venden, acompañado de usado siempre por chica.
Carlos T.

jueves, 30 de octubre de 2014

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Esto es Halloween

El encargao ha recibido una inspección de trabajo y se ha visto obligado a contratar a otro mancebo, por lo que, además de Carlos T, ahora Llorente también llevará bata azul para, de modo habitual, intentar sacar adelante este blog que tantos ingresos B y tarjetas opacas genera. Bienvenido, Llorente.
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Si no era suficientemente duro el final del mes de octubre, el ritual del cambio de hora y el incipiente asomo de los adornos navideños en los centros comerciales, por sí solos ya temibles, han venido a reforzarse con esa catástrofe cultural que conocemos con el nombre de Halloween.

En el caso de esta fiesta de monstruitos y golosinas, creo que no hemos reflexionado aún con la suficiente pausa sobre el alcance de perder el verdadero significado del Día de Todos los Santos, porque el gusto por la novedad y por todo lo que suponga romper con la tradición tiene la cualidad, en ocasiones virtuosa, en otras perniciosa, de hacernos olvidar lo que dejamos atrás.

Sin ánimo de aguarle la fiesta a nadie, quizás sería bueno que un niño supiera que esa celebración que él aprovecha para pedir caramelos con un disfraz que simula que se le están saliendo los sesos por un lado de la cabeza, realmente debería servir para recordar, por ejemplo, a unos abuelos a los que no hace tanto tiempo que ha perdido.  Resulta sorprendente observar cómo la concepción de los difuntos ha pasado, en el corto tránsito entre tres generaciones, del recuerdo entrañable y recogido de los ausentes a la ridícula jarana de zombies y dráculas.

Tanto, que un niño de ahora no reconoce en el calendario otra cosa que no sea Halloween en la víspera del 1 de noviembre. No en vano lo lleva celebrando desde la guardería, tanto o más que la Navidad o el Día de la Madre. Pero no todo estará perdido si, mientras recuenta los caramelos que ha recogido por ahí y le limpiamos la sangre de pega de la cara, le explicamos que el motivo de que al día siguiente no tenga colegio no es Frankenstein, ni el Hombre Lobo ni la Bruja Piruja.

Así, nos quedará la esperanza de que los últimos días de todos los futuros meses de octubre seguirán contando con los cambios de hora, los precoces productos navideños, la noche de Halloween y los artículos escritos para criticarla.
Llorente.

jueves, 16 de octubre de 2014

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Escudarse en el ingenio

Un aspecto muy marcado de nuestra idiosincrasia es el de recurrir al chascarrillo y al humor como válvula de escape ante situaciones negativas. Es un mecanismo de defensa como otro cualquiera, pero ¿puede acabar por hundirnos ese exceso de talento?

De toda la vida el español ha recurrido al ingenio para soportar con humor determinadas situaciones que en absoluto son divertidas. No hay más que ver cómo se mueven las redes sociales y se crean divertidos hashtags cada vez que ocurre algo que consideramos reprobable, como la caza de elefantes por parte del Rey, la permisividad del gobierno respecto a la consulta de los independentistas catalanes, las estafas de Urdangarín o el uso fraudulento de las tarjetas de crédito de CajaMadrid.

Básicamente, mientras en situaciones similares en otros países aumenta el nivel de las transaminasas y las bilis comienzan a hacer chup chup, aquí tiramos de chispa y chascarrillo para relajar tensiones y evitar llegar a lo que veces haría falta: pedir explicaciones y tomar las riendas de la situación. Y eso lo sabe cualquier personaje público. Si roba y es cazado, será pasto de twitter, donde durante un par de días incluso será trending topic, y una vez hayamos realizado nuestra pataleta particular y nos hayamos echado unas risas con las ingeniosas bromas sobre el mangante, este podrá seguir sus fechorías bajo el amparo de que ya se nos ha pasado la rabieta.

Algunos psicólogos y terapeutas comentan que los españoles somos muy difíciles de analizar y ayudar, porque en cuanto vemos que se profundiza en nosotros y comienza a salir lo sensible, rápidamente tiramos de ingenio ibérico y salimos de esa incómoda situación con la gracieta que nos libere de la presión, lo que hace imposible enfrentarnos a nosotros mismos. No sea que descubramos algo que no nos guste y nos corte el rollo.

Y es que eso de los chascarrillos, las bromitas y demás chirigotas está muy bien como terapia para no sulfurarse, pero habría que ver dónde hubiesen acabado los franceses (y por extensión muchos otros países) si en 1.789 se hubiesen tomado la situación a broma para relajar tensiones en lugar de sacar a pasear la cuchilla de afeitar y aplicar sus expeditivos recortes.

jueves, 2 de octubre de 2014

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Futbolistas fashion week

El mundo del fútbol hace lustros que entró en una espiral de locura absoluta, pero esto de que ahora cada temporada los equipos tengan cuatro juegos de camisetas, de colores tan dispares como el rojo, el negro, el rosa o el naranja, no ha hecho más que darle otra vuelta de tuerca a un mundo donde lo deportivo ha quedado relegado a un segundo o tercer plano.

Real Madrid, el equipo blanco o los merengues. Barcelona, los blaugranas. Atléticos, los rojiblancos o colchoneros. Español, blanquiazules. Los equipos recibían su apodo por sus colores de toda la vida, y en el campo era muy fácil distinguirlos. Sólo se usaba un segundo uniforme cuando ambas equipaciones podían confundirse en el terreno de juego, como en un partido entre el Sevilla y el Sporting de Gijón, por ejemplo. Básicamente era el estandarte del equipo, su enseña.

Un clásico de toda la vida como es el Madrid-Barcelona, ha pasado de ser una batalla épica entre el equipo blanco y los blaugranas, a encontrar algo más propio de las carrozas del Orgullo Gay, con unos jugadores vestidos de camiseta rosa, otros de naranja, y donde el jugador que lleve las dos botas del mismo color es el que llama la atención.Si para colmo, el calzado es negro, claramente es un provocador por permitir tanta sobriedad.

Obviamente, todo se basa en acciones comerciales y en vender camisetas, pero vamos a mantener un mínimo respeto por los colores. Ya es suficiente con llenar el uniforme de marcas de leche o de líneas áereas. Que lo que era el equipo merengue ahora está mucho más cerca de un cupcake y los colcohoneros acabarán llamándose futoneros de líneas orientales.

jueves, 18 de septiembre de 2014

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Ciclistas por la ciudad

Ya llevamos unos cuantos años compartiendo asfalto entre coches y bicicletas. Los conductores se van haciendo a la idea, pero ¿están los ciclistas preparados para respetar a los demás?

Los ciclistas urbanos en una gran ciudad son un peligro constante. La principal razón es que creen que su papel de indefensión les otorga bula papal para circular por donde les venga en gana y disfrutar de una doble condición de peatones y vehículos, en función de sus intereses.

En ciudades como Madrid, donde cada vez se están creando más carriles bici, es raro verles circular por ellos, prefiriendo ser arrollados por el espejo de un autobús, golpeados por un mal gesto de una moto, o aprender a volar en un curso acelerado ofrecido por un cliente de un taxi que abre la puerta en el momento menos adecuado.

Los semáforos no van con ellos. Si la luz está en rojo, aminoran la marcha, y continúan. Si en el peor de los casos se viesen obligados a detenerse, realizan un rápido cambio de rumbo y pasan a circular por los pasos de cebra o por las aceras, sorteando viandantes. Todo es poco para los ciclistas urbanos. Ellos aportan progresía y ecologismo a la ciudad, por lo que debemos rendirles pleitesía y aplaudir a su paso.

Algunos de estos intrépidos pilotos no parecen entender que la calle Velázquez o la calle Serrano no son las carreteras comarcales de Nerja de principios de los años ochenta que veíamos en Verano Azul. Por el bien común, especialmente el suyo, y el de sus seres queridos, no pueden permitirse ir a ocho km/h, hablando por el móvil o con los auriculares puestos mientras sus enemigos naturales les enseñan de cerca el camino a la casa de socorro.

La convivencia entre la regulada agresividad de los automóviles con la tranquilidad y silenciosa anarquía de los ciclistas urbanos va a ser complicada mientras estos últimos no pongan también de su parte. Esto no es Berlín, Copenhage o Amsterdam. Aunque solo sea por aprecio a su vida, la gente que se mueve en bici debería ser más prudente en sus desplazamientos. Que el Ángel de la Guarda comienza a tener los gemelos demasiado cargados.