jueves, 5 de febrero de 2015

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Los pelotazos de la era digital

Por Llorente
Antes de que existieran Internet, Youtube y los blogs, la única manera de dejar de ser un mierda para nadar en la abundancia en cuestión de horas pasaba irremediablemente por una recalificación de terrenos, unas acciones que se revalorizaban de modo espectacular, la inversión en un negocio ruinoso que de repente resultaba ser una gran oportunidad u otras sospechosas maniobras por el estilo. Eran (y siguen siendo) cosas que no estaban al alcance de cualquiera, y el ciudadano medio tenía siempre la idea de que detrás de todo eso había algo delictivo a una escala que se le escapaba.

Desde que tenemos más ojos para el monitor que cabeza para pensar, nuevas formas de pelotazo han irrumpido en nuestra sociedad. Exitazos tan brillantes como súbitos que se suelen publicitar con la idea implícita de que a cualquiera le podía haber pasado: casi nadie puede comprar unos terrenos supuestamente no edificables en la Plaza de Castilla, pero todo el mundo puede tener un blog, subir un vídeo a Youtube o inventarse un programita informático.

Eso de que un menda normal, un día normal y desde su casa normal sube un vídeo bobo a Youtube, consigue no sé cuántos millones de visitas y en una semana le llueven millones de dólares, aparece entrevistado en el noticiario y recibe ofertas de trabajo de las que no existen para los verdaderos profesionales, o que un tipo similar publica una obviedad en su blog que llama la atención de un montón de importantes instituciones y lo llaman para colaborar con los más prestigiosos doctores de la materia, eso puede colar una vez, dos, pero no más.

Como en los grandes pelotazos de los años predigitoelectroinformáticos, algo tiene que haber detrás, algo que no vemos y que se nos escapa, pero que se puede intuir.

Sería recomendable dejar de transmitir la falsa idea de que un momento de inspiración o la suerte de que alguien importante se fije en nuestra pequeña obra nos puede resolver la vida, en lugar de valorar la solidez de toda una trayectoria como tarjeta de visita, porque el éxito grande y rápido como modelo vital es tan atractivo como peligroso. Ya se vio en los 80 y, como las cintas de cassette o los vinilos, volvemos a verlo ahora, pero pasado por el filtro digital.

viernes, 30 de enero de 2015

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¿Qué ha sido de las películas míticas?

Por Carlos T.
Psicosis, El Padrino, Con la muerte en los talones, Rocky, Regreso al futuro, Grease, Rambo, Tiburón, Cazafantasmas, Harry el Sucio... todas ellas, mejores o peores, son películas míticas del cine de no hace tanto tiempo. ¿Qué hemos perdido por el camino para que ninguna película actual llegue a convertirse en un referente como lo han sido estas?

Sonido en Dolby ProLogic II, visión en 3D, pantallas interactivas... paradójicamente parece que cuanto más avanza la tecnología y se potencian las experiencias extremas en las salas de cine, más desapercibidas pasan las obras y su fugacidad es cuestión de semanas. Posteriormente se saca un paquete en Blue Ray a ver si se lo colocan a cuatro cinéfilos y nunca más se supo. El pianista, 21 gramos, Kill Bill, etc. se quedaron en la cuneta y acabaron en packs de oferta de cualquier hipermercado tras una visita rápida a las salas de cine.

No es una cuestión de que cualquier tiempo pasado fue mejor ni de nostalgia. Sólo tenemos que hacer un recorrido desde los inicios del cine hasta ahora y veremos como las obras maestras o las películas clásicas, sea por el motivo que sea, han ido descendiendo a la misma velocidad con la que tardamos en descargarlas en casa con una conexión de fibra de 100 mb.

No hay duda de que gran parte de este batacazo se debe a la facilidad de acceder a los contenidos sin esfuerzo alguno. Ya no hacemos cola en el cine, ya no decimos eso de "mañana no puedo quedar, que voy al cine", pues era un acto que entre la ilusión y el traslado nos llevaba casi todo el día. Ya no nos emocionamos con sus protagonistas, ya no queremos comprarnos el chaleco que vestía McFly en Regreso al futuro o apuntarnos con Ralph Macchio a la escuela de kárate.

Cuanto más fácil es el acceso a las cosas, menos valor le damos. El reclamo actual en los cines ya no pasa por un buen director, un excelente protagonista o un magnífico elenco de secundarios. Ahora se trata de encubrir la baja calidad de las películas, o el poco interés por las mismas, con artefactos como las gafas en 3D, el sonido envolvente o, en breve, las butacas que se mueven al ritmo de las escenas.

Afortunadamente, siempre nos quedará Casablanca, la cual puede ser el comienzo de una gran amistad para las generaciones de Avatar o American Pie.

jueves, 22 de enero de 2015

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Incierta libertad de dudosa expresión

Por Llorente.
Después de los empachos propios de las fiestas recién pasadas, un nuevo hartazgo nos ha saturado este enero al oír hablar incesantemente sobre una cosa que llaman libertad de expresión, que parece ser que estos días ha sido atacada, cuestionada, criticada, defendida y martirizada.

Que un país capaz de meter en la cárcel a un librero por el delito de vender libros defienda exacerbado la libertad de expresión de otros y se llene de carlitos, me confunde. Consciente de mis limitaciones, reconozco que me gustaría ser más inteligente de lo que soy para alcanzar a comprender ciertas cosas, porque mi espíritu ansía el conocimiento que mi limitado entendimiento no es capaz de regalarle.

Por eso no me explico que sea condenable por xenófobo poner motes cómicos a los extranjeros mientras que es libertad de expresión, y sentenciado por un juez, que se silbe e insulte un himno nacional en un estadio de fútbol. O por qué el mismo que se ampara en esa libertad para señalar con el dedo a un deportista y gritar “¡Eta, mátalo!”, no puede llamarlo “mono” sin ser expulsado por racista, pero sí “maricón” sin que se le recrimine su homofobia (palabra esta que, por cierto, siempre he creído que debería significar “aversión a las cosas que son iguales entre sí”). O cómo puede ser legal ondear banderas separatistas mientras que se califica como anticonstitucional el escudo que aparece en la portada de la Constitución. ¿Y alguien puede aclararme cómo es posible que los mismos que defienden ahora las irreverentes portadas de cierto semanario francés, se feliciten porque son condenados los humoristas que parodian a sus compañeros de partido? ¿Y por qué es censurable llamar “moro” a un musulmán, pero no lo es el ultraje de sus más sagradas creencias? Sin entrar a juzgar qué está bien o qué está mal, lo que no entiendo es el criterio para que unas cosas sean sí y otras sean no.

Tras tantas dudas y reflexiones, llego a la conclusión de que me alegro de no tener que definir qué es exactamente la libertad de expresión en la sociedad contemporánea, porque no tengo ni idea. Sólo intuyo que pasa con ella algo parecido a la desaparición de la censura en el cine español de los setenta: ¿tanto pedirla, tanto desearla, tanto esperarla, para luego hacer esto?

jueves, 15 de enero de 2015

6

"Haber" si nos vemos

Por Carlos T.
Correo electrónico, foros de Internet, whatsapp.. todos ellos tienen la virtud de que nos obligan a emplear la escritura. Esto nos ofrece un modo rápido y efectivo de conocer el nivel ortográfico de nuestros comunicantes para poder actuar en consecuencia.

No es de recibo que personas de 25 años, licenciadas en periodismo con una nota media de notable, den patadas al diccionario tales como la del título de esta entrada, la de cambiar ahí por hay o como buen aragonés marcase una jota, y sustituir coger por cojer. ¿Cómo puede una persona llegar a licenciarse, sea la carrera que sea, con semejantes delitos a su propio idioma?

Y es que además de la Lose, Logse y demás zarandajas, grandes culpables de nuestro analfabetismo, tenemos que añadir el corrector ortográfico de MS Word, que es a Cervantes lo que Google Translate a Shakespeare: un apaño para salir del paso, pero muy lejos de unos conocimientos como para permitirse el lujo de incluir en los perfiles de LinkedIn aptitudes como bilingüe en inglés o gran capacidad de redacción.

Lo curioso es que es muy habitual que muchos de estos escribanos se parten el pecho a reír cuando escuchan salir por boca de otro términos como haiga, pienso de que, o almóndigas. Básicamente es la misma burrada, con la diferencia de que la mayoría de los que cometen estos últimos errores no han tenido el privilegio de recibir la misma educación que los primeros.

Si una pareja tiene su primer encuentro y uno de los dos suelta al otro una perla como "te vi a llevar a comer unas cocletas que se caga la galga", ¿qué posibilidades hay de que se repita la cita, o de que incluso lleguen a probar juntos las bolitas de besamel y jamón? Si uno de los dos tiene un mínimo pudor, esa relación debe quedar herida de muerte. Y lo mismo tiene que pasar con lo escrito. Si tras superar la primera cita, uno de los dos manda un whatsapp a otro con el habitual "haber si lo repetimos" esa futura reunión debe quedar automáticamente anulada y el idilio finiquitado en aras de un futuro más esperanzador, por lo menos para uno de los dos.

Todo buen escribano echa un borrón, pero con cuidado. Que se empieza con lo de haber si nos vemos y, como nos despistemos, acavamos aciendo una kdada con la Debora, ke stá tó molona.

jueves, 8 de enero de 2015

3

Campanadas publicitarias

Por Llorente
Uno de los momentos estelares de 2014, que por la hora en que se produjo lo será también de 2015, fue la memorable pifia de Canal Sur en Nochevieja. Televisión Española, en 60 años de historia, apenas ha sido capaz de confundir los cuartos con las campanadas, una inocente chiquillada al lado de la casi insuperable proeza del canal andaluz.

Afortunadamente, algunas familias, en un alarde de generosidad y buen humor, han compartido ese momento con todos nosotros para ilustrar con ejemplos reales el efecto que la “canalsurada” causó en numerosos hogares al sur de Despeñaperros.

Pero más allá de la impagable anécdota, me ha llamado la atención hasta qué punto nos estamos acostumbrando al excesivo intrusismo de la publicidad para que a falta de diez segundos para el nuevo año nos pongan un anuncio, no nos sorprenda y nos quedemos con la mirada fija en la pantalla confiando en que en algún momento arrancará la primera campanada mientras el segundero del reloj del salón va ya por el medio minuto.

Ya es habitual en la salida de las competiciones del motor que justo antes de que el semáforo se ponga verde nos calcen un anuncio de última hora. En otros ámbitos televisivos, es frecuente que, tras siete minutos de publicidad, la emisión se reanude con el presentador vendiéndonos un champú, tras lo cual simplemente se despide, se acaba el programa y nos deja con cara de tontos por haber estado esperando para nada.

Tras ocuparse las camisetas de los equipos deportivos, ahora se venden los nombres de los estadios y las salas de conciertos, también las líneas y estaciones de metro… Una vez que la publicidad ha invadido hasta las doce campanadas, cualquier cosa es posible.

¿Hasta dónde llegarán los publicistas? ¿Consejos del Ministerio de Sanidad en las lápidas? ¿Anuncios de prestamistas en los billetes de veinte euros? ¿Teléfonos de profesores particulares en las notas del colegio?

Por si acaso, aprovecho para anunciar que en la pared de mi salón queda un huequecito de 50 por 30 centímetros ideal como pequeño espacio publicitario que ofrezco a buen precio. Y yo lo veo todos los días.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

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Los propósitos del Año Nuevo

Por Carlos T.
Pocas fechas hay en el año donde encontremos tantas diferencias entre un día y el siguiente como el 31 de diciembre y el 1 de enero. En cuestión de horas pasamos del atracón gastronómico, etílico y tabaquero acompañados de uvas y programas de variedades, al régimen absoluto de fruta, verdura y los aconsejables tres litros de agua diarios mientras nos mentalizamos viendo los saltos de esquí y escuchando la marcha Radetzky analizamos la disyuntiva entre chicles o parches de nicotina.

Clases de inglés, alemán y chino mandarín; centros de yoga, pilates, body pump, zumba y cardio box; fascículos de submarinos, fragatas, perfumes en miniatura o coches a piezas; descarga de aplicaciones para el móvil de gestión de gastos, control de peso o contadores de días sin fumar; dietas depurativas, Dukan, macrobióticas, Atkins, o de la alcachofa... Durante un par de semanas, nuestros remordimientos de conciencia nos torturan sin piedad en forma de consejos publicitarios y propósitos saludables.

Afortunadamente los españoles, o por lo menos la mayoría, tenemos buena salida pero a mitad de carrera nos apagamos. No somos de grandes distancias ni vemos la luz al final del túnel. Mientras haya cuero en el cinturón y la playa de Semana Santa quede lejos no hay necesidad de perder peso; mientras el lenguaje de signos nos lleve al hotel de Londres, o nos sigamos encontrando con españoles de Erasmus por Berlín no hay porqué ampliar los conocimientos de inglés o alemán. Y mientras nos mantengamos alejados de los análisis médicos, medio paquete de tabaco al día tampoco puede ser tan perjudicial, salvo para la cartera.

Y así llegaremos a mediados de noviembre, donde a esas alturas ya no será momento de hacer planes. Mejor esperar al 22 de diciembre, donde entre calada y calada de Marlboro y gintonic y ron con cola podremos decir con orgullo eso de ¡lo importante es que haya salud!

miércoles, 24 de diciembre de 2014

3

El robo de la Navidad

Por Llorente
Es frecuente en las películas y series de televisión anglosajonas el tema del robo de la Navidad, consistente en que algún malvado trata de impedir el reparto de regalos mediante el secuestro de Papá Noel o alguna artimaña similar, hasta que el héroe de turno consigue que los juguetes y presentes lleguen a todos los hogares. Es lo que llaman “salvar la Navidad”, dejando entrever una concepción bastante materialista de la celebración del 25 de diciembre.

Dejando la ficción y bajando a la realidad, me pregunto si no nos están robando poco a poco y casi sin enterarnos una festividad que, nos guste o no, es religiosa y lleva implícito un alto grado de tradición.

Muchas empresas e instituciones evitan intencionadamente que en las tarjetas de felicitación navideñas enviadas a clientes y proveedores aparezcan motivos religiosos, lo cual, además de una contradicción absurda, es una marginación de una de las escenas más hermosas de la iconografía cristiana, la del Nacimiento, que, al menos de momento, resiste en los décimos de la lotería. Los empleados, en vez de recibir un aguinaldo que puedan disfrutar con su familia, son invitados a cenas que ni les apetecen ni suelen deparar nada bueno. Las ciudades se decoran con elementos neutros como insulsas bolas de adorno, ramas de acebo o simples luces amorfas. Los colegios recurren para las actuaciones infantiles a canciones de Bustamante o de Luis Miguel obviando los tradicionales villancicos. Y los Reyes Magos sólo parecen resistir por el interés de las firmas comerciales en mantener una fecha más de consumo masivo.

Todo esto, entre otras cosas, refleja que el período de tiempo que va del 24 de diciembre al 6 de enero se está transformando para muchos en algo distinto de lo que vivieron de niños. Los cambios son inevitables, pero esto, más que una evolución, se asemeja a un robo en el que para disimular la falta del original se ha colocado una mala imitación. Algunos se alegran del hurto, otros sólo se lamentan mientras ultiman sus compras el 24 por la mañana y, por supuesto, hay quienes disfrutan de estas fechas sin importarles lo que hagan o digan los demás.

En cualquier caso, permítannos que, desde aquí, junto a la esperanza de un venturoso 2015, en vez de felicitarles unas confusas e imprecisas fiestas les deseemos una Feliz Navidad.

jueves, 18 de diciembre de 2014

4

La cena de Navidad de la empresa

Ni puenting, ni descenso de barrancos ni salir a torear una vaquilla en la capea de un amigo. Si hay un momento en el que andar con pies de plomo y mantener el tipo, ese es el de la entrañable, y peligrosa a la vez, cena de empresa de Navidad.

La comida o cena navideña laboral saca a la luz en pocas horas todo lo que llevamos acumulado desde el comienzo del año. Motes malintencionados e hirientes, cuchicheos sobre supuestas relaciones entre empleados, críticas negativas hacia la propia compañía por parte de mandos intermedios que no entienden cómo no llevan ellos el timón del negocio, quejas sobre los horarios de entrada del resto de compañeros quienes, por supuesto, trabajan la mitad y cobran el doble, etc.

Este caldo de cultivo se va acumulando durante el año y, tras una calma tensa, suele explotar en el momento en el que los camareros sirven la tercera copa de vino. Los más celestinos comentan en petit comité las miraditas entre el director financiero y la responsable de recursos humanos. El grupo de empleados veteranos pone a caer de un burro a excompañeros indefensos y critican de modo socarrón procedimientos que ha puesto en marcha un director que se encuentra a bastante mantel de distancia, pero no tanto como ellos creen. Los que no tienen recursos propios muestran su catálogo de gracietas recibidas por Whatsapp sin preocuparse por ideologías ni tendencias del resto de comensales. Y en un rincón, el compañero que se incorporó en octubre mira contínuamente su teléfono móvil en busca de esa llamada amiga que le permita ausentarse unos minutos de su soledad en compañía.

Una vez despellejados los ausentes, con las frascas de crema de orujo en su mínimo histórico y fumando dentro del local como acto de rebeldía, es el momento de elegir la siguiente parada. Los más sensatos se baten en digna retirada, los moderados se apuntan a una copa rápida al lado de la oficina en la seguridad del terreno conocido, los inclasificables apuestan por un karaoke y los más impresentables alardean sin ningún rubor sobre un bar a las afueras, regentado por unas calurosas jóvenes de Europa del Este.

Al día siguiente, entre Gelocatiles y viajes a la fuente de agua, muchos tendrán en mente que para alguno la de anoche fue posiblemente su última cena de Navidad en la empresa. Por suerte para ellos, muchos son los llamados y pocos los elegidos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

5

No vine aquí a hacer amigos

Todos hemos tenido alguna vez que sufrir a ese compañero de trabajo que actúa como si entre sus obligaciones estuviesen amargar el día a los demás y esconder cualquier atisbo de amabilidad. En ocasiones, este tipo de sujetos justifica su actitud sentenciando contundentemente: “no estoy aquí para hacer amigos”.

Reflexionando acerca de tal aserción, no puedo más que concluir que se trata de una soberana estupidez. Al fin y al cabo, ¿a qué sitios va uno exclusivamente a hacer amigos, cuando estos van surgiendo por la vida en las circunstancias más insospechadas? Si haciendo un ejercicio de imaginación, borramos de nuestras vidas a los amigos que nos hemos ido encontrando en los distintos trabajos por los que hemos pasado, veremos que el vacío que dejan es inmenso. Aún más: si eliminamos todas las amistades surgidas en lugares en los que no las buscábamos, veremos que nos quedamos más solos que la una, porque prácticamente a ningún sitio acudimos con esa finalidad. No vamos al colegio ni a la facultad a conocer gente, sino a estudiar. A la mili, los que fuimos, por obligación. A nuestra casa, a residir, no a tener vecinos. Y así con casi todo. De hecho, tampoco la gente suele encontrar a su pareja en circunstancias a las que ha acudido expresamente a buscarla, con la excepción de caravanas de mujeres o empresas de contactos que se dedican a ello. 

Supongo que si a estas personas se les ofrece una oferta millonaria en horario laboral, renunciarán a ella alegando que no han ido allí para hacerse ricos. O cuando en cualquier evento conozcan a la posible mujer de su vida, renunciarán a ella, puesto que no han ido allí a buscar pareja.

Aconsejo al lector, si lo hubiera, que en caso de toparse con uno de estos amargados antisociales, imprima este texto en una cartulina, la enrolle alrededor del palo de la escoba y le sacuda con él en la cabeza al individuo en cuestión.
Llorente

jueves, 4 de diciembre de 2014

4

Cuerpos a la carta

Malo es no aceptar la edad y querer entrar en la sextena a base de liftings, borrados de papada, marcado de pómulos o turgencias de senos, pero cuando estas operaciones se convierten en regalos para los adolescentes, la situación comienza  a ser grave.

Seamos francos: vivimos en un mundo donde la imagen es muy importante, y lo de ir rechazando cánones de belleza apostando por el intelecto es muy loable aunque, de momento, no vaya a llegar a buen puerto. Solucionar un problema de celulitis o un exceso o defecto de pecho de un modo rápido, efectivo y seguro, sin duda es un avance y, como tal, es positivo.

Pero una cosa es emplear estas técnicas en adultos y otra muy distinta es que niñas de dieciséis años pidan como regalo de reyes un aumento de senos o una liposucción sin haber pasado siquiera por el esfuerzo de una dieta prolongada combinada con un poco de ejercicio. Y peor aun, que el deseo de la chavala sea satisfecho por sus padres, menospreciando los riesgos de una anestesia y una intervención quirúrgica.
 
Operar las orejas de una niña y que al día siguiente pueda callar muchas bocas en el colegio y lucir una trenza es algo positivo. Pero que adolescentes quieran cuerpos de 25 y acaben pareciendo chicas de club de carretera, o que señoras de sesenta, también en búsqueda de la eterna juventud, acaben con labios como los del pato Lucas no es bueno.

Cada vez es más habitual en las consultas de los cirujanos plásticos eso de Doctor, tengo 300 euros. ¿Qué me puede hacer con eso? Ahí ya no hablamos de un trauma, de una necesidad o de sentirse mejor físicamente. Hablamos de un problema de no aceptación de nuestro cuerpo, por lo que estos profesionales, si lo son, deberían derivar a sus pacientes a otro tipo de especialistas en lugar de ser cómplices de nuestras inseguridades.